Esta maravillosa palabra va dirigida a los discípulos del Señor, es decir, ¡a cada uno de nosotros! A través de la unión con Jesús, no solo somos iluminados por su luz, sino que nosotros mismos nos convertimos en luz del mundo al transmitir la Palabra de Dios y realizar sus obras. Y, puesto que quien nos lo dice es el Divino Maestro, el Hijo de Dios, no se trata de presunción por nuestra parte.
En efecto, ¡la luz ha de alumbrar! Los hombres deben reconocer cuán bueno es su Padre que está en los cielos. Todo aquel que realice las obras de Dios confesará que deben atribuirse a Él como su origen y que es nuestro Padre quien merece la gloria.
Alabarle y servirle con nuestra vida es la misión más noble que se nos puede encomendar. Cada vez que nos esforzamos sinceramente por cumplir la voluntad del Padre y vamos adquiriendo una actitud fundamental de servicio, la luz de nuestra vida resplandece con mayor intensidad. Esa luz debe ser visible, no para nuestra propia gloria, sino para la gloria de Dios.
¡Cuánto deben regocijarse los ángeles al ver que, en unión con ellos, cumplimos fervientemente nuestra tarea en la Tierra! Están a nuestro servicio en todo, al igual que los santos que ya viven en la gloria junto a Dios. Nunca se cansan de ayudarnos en esta misión, pues también a ellos les colma de dicha el hecho de que la alabanza al Padre Celestial resuene no solo en el Cielo, sino también en la Tierra.
¿Y nuestro Padre? Él nos retribuye con su amor y se muestra agradecido con quienes le sirven.
Este es el vídeo que contiene las tres palabras de Jesús de las tres primeras meditaciones de esta serie:

