«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos» (Mt 5,8-10).
¿Cómo podemos adquirir un corazón puro, uno capaz de explorar sus propias profundidades a la luz del Espíritu Santo y de entregarle a Dios toda oscuridad que detecta?
La gran meta de un corazón puro consiste en hacer con amor todo lo que Dios, en su amor, nos ha confiado y encomendado.
Esa es precisamente la obra que el Espíritu Santo, siendo el amor entre el Padre y el Hijo, lleva a cabo en nosotros. Él quiere encender nuestro corazón con este amor y fortalecer nuestra voluntad para que nos apartemos de todo aquello que impide el despliegue de su amor. Cuando esto sucede, empezamos a ver a Dios ya aquí, en la Tierra, con los ojos del Espíritu, y descubrimos que todo lo que hace lo hace por amor. En efecto, cuando nuestro corazón se ha abierto al amor, es capaz de reconocerlo.
De esta manera, la infinita paz de Dios encuentra cabida en nuestro interior. La reconciliación y la unión con nuestro Padre celestial se vuelven cada vez más profundas a medida que nuestro corazón es purificado por Él. Entonces, nos convertimos en mensajeros y pregoneros de esa paz que surge al vivir en comunión con el Padre Celestial y que quiere instalarse en los corazones de todos los hombres. Al refrenar nuestras pasiones desordenadas, podremos perseverar, aun en situaciones difíciles, en el camino que conduce a la verdadera paz.
Por último, pero no por ello menos importante, es ese mismo amor de Dios –al que hemos respondido de todo corazón– el que nos vuelve dispuestos a sufrir persecuciones por su causa. En nosotros se vuelve eficaz el espíritu de fortaleza, capaz de soportarlo todo, siguiendo los pasos de Aquel que nos dirigió estas promesas.
Este es el vídeo que contiene las tres palabras de Jesús de las tres primeras meditaciones de esta serie:

