Fiesta de la Visitación de la Virgen María: “Isabel entona las alabanzas a María”        

NOTA: Siguiendo el calendario tradicional, se celebra hoy la Fiesta de la Visitación de la Virgen María. Escucharemos, pues, el Evangelio que nos narra su maravilloso encuentro con Santa Isabel.

Lc 1,39-47

Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor». María exclamó: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador».

Dos santas mujeres se encuentran. Una de ellas, Isabel, tuvo la dicha de concebir un hijo a una edad avanzada, a pesar de que se la consideraba estéril (Lc 1,7). Dios lo hizo posible, y ese único hijo que Isabel llevaba en su vientre era Juan el Bautista, el Precursor de Cristo.

«Para Dios no hay nada imposible» –le había dicho el Arcángel Gabriel a la Virgen María, refiriéndose a Isabel (Lc 1,37), cuando le anunció que sería la Madre del Mesías.

«Para Dios no hay nada imposible.»

He aquí que ahora se encuentran dos mujeres elegidas por Dios. Una de ellas porta en su vientre a aquel de quien Jesús dirá: «No ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista» (Mt 11,11). La otra, al Redentor de la humanidad. Ambas son conscientes del misterio de amor del que Dios las ha hecho partícipes. Son conscientes de su elección.

En cuanto María entró en casa de Isabel y la saludó, esta sintió cómo su hijo saltaba de gozo en su vientre. Entonces, llena del Espíritu Santo, comenzó a proclamar lo que Él le inspiraba: el Señor le había concedido ser testigo de sus grandes obras. Ante ella se encuentra la mujer que ha dicho «sí» a la voluntad de Dios en representación de toda la humanidad. Es aquella que ha hecho callar el «no» de Eva. Es aquella que se convertirá en madre de todos los creyentes.

Y su propio hijo, que había sido concebido por milagro, ha sido elegido para preparar el camino del Hijo de María. Esta sería su gran misión y ella, como madre, tendría el privilegio de servirle. Ahora, Juan salta de gozo en el seno de Isabel al oír la voz de la Madre de su Señor. Posteriormente, él mismo atestiguará:

«Éste era de quien yo dije: ‘El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo’» (Jn 1,15).

Si nos fijamos en santa Isabel, vemos que toda su atención está puesta en María. Se encuentra profundamente conmovida y considera la visita de la Virgen como una gran gracia: «¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?»

Y es cierto, ¡una gran gracia para ella y para todos nosotros! ¿Quiénes somos nosotros para que el Hijo de Dios venga al mundo por nuestra causa? Solo hay una respuesta válida: es el inefable amor de nuestro Padre celestial el que sale en busca de nosotros a través de su Hijo para conducirnos de vuelta a Él.

Isabel lo reconoce y pronuncia aquellas inolvidables palabras que repetimos tantas veces en el Santo Rosario: «Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre».

Santa Isabel entona ya el cántico de alabanza a la Virgen María, inspirada por el amor del Espíritu Santo hacia su Esposa fidelísima: «Bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor».

Así, querida Isabel, nos invitas a unirnos a tu cántico de alabanza a la Virgen, cuya fe, llena de amor, será siempre un ejemplo para nosotros y nos muestra que nuestra gran dicha es cumplir la voluntad del Padre. Tú lo has comprendido y nosotros aún queremos entenderlo más a fondo. Decir «sí» a la voluntad del Padre es la verdadera vida. Entonces todo puede desplegarse y florecer, siendo tocado por la verdadera vida.

También tú, Isabel, dijiste «sí» al plan de Dios respecto a tu hijo e intuiste la inmensidad del «sí» de María cuando se le anunció que concebiría al Hijo del Altísimo.

Frente a ello, todo pasa a un segundo plano, tal y como diría más tarde tu hijo Juan refiriéndose a Jesús: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). Tú misma también te colocas en un segundo plano y todo en ti alaba la grandeza de Dios cuando te encuentras con la Madre de tu Señor.

¿Y María? Ella estalla en un canto de júbilo a Dios y brotan de sus labios aquellas palabras que, a lo largo de los siglos y hasta el día de hoy, resuenan en todo el orbe católico en el Oficio de las Vísperas: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador».

En la meditación de mañana, nos detendremos en este cántico, que conocemos como el Magnificat, para alabar a nuestro Señor junto con la Virgen María.

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