Pentecostés: el gran suceso

¡Ahora has descendido, Amado Espíritu Santo! En esta ocasión, llegaste en la tormenta, en una “impetuosa ráfaga de viento” (cf. Hch 2,2); y no en una “suave brisa” como cuando te manifestaste a tu amigo, el Profeta Elías (cf. 1Re 19,11-13). A él te mostraste más escondida y suavemente, así como sueles actuar en las almas de aquellos que te dejan entrar. Pero hoy, en el acontecimiento de Pentecostés, fue distinto… ¡Cuán maravilloso y convincente fue tu actuar! Los apóstoles hablaban y anunciaban en su propia lengua; pero todos los allí presentes los entendían cada cual en su propio idioma.

“Al producirse aquel ruido, la gente se congregó y se llenó de estupor porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Estupefactos y admirados, decían: ‘¿Acaso no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Aquí estamos partos, medos y elamitas; hay habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto y la parte de Libia fronteriza con Cirene; también están los romanos residentes aquí, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes. ¿Cómo es posible que les oigamos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios?’” (Hch 2,6-11)

¡Un verdadero y gran milagro!

Fue como si por un momento se hubiese abolido la confusión de lenguas, para que, al anunciar los Apóstoles las maravillas de Dios, todos los hombres pudiesen escucharlas. En efecto, como nos relata la Escritura, la confusión de lenguas surgió en Babel cuando los hombres dejaron de dar gloria a Dios (cf. Gen 11,1-9). Y ahora, cuando Tú desciendes sobre nosotros, oh Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, disipas la confusión y estableces así un signo.

En efecto, eres Tú quien nos hace salir de la confusión, del caos del pecado, de la confusión del corazón. También eres Tú quien crea la verdadera unidad con Dios y entre los hombres. Cuando la luz de la verdad penetra en nosotros, nos purifica, nos ilumina y nos une a ti, entonces es cuando realmente nos entendemos. Entonces hablamos un mismo lenguaje, el único lenguaje del Espíritu, y pueden hacerse realidad estas palabras de los Hechos de los Apóstoles: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y un solo espíritu” (Hch 4,32).  Esto sucede aunque no tengamos la misma lengua materna, porque surge entre nosotros, los hombres, una comprensión en el Señor que sólo Tú, oh Espíritu Santo, puedes conceder. 

Cuando tú sanas nuestra ceguera y nos abres los ojos, vemos cuán maravillosas son tus obras y contemplamos milagros sobre milagros de Dios. 

¡Mira a tus apóstoles después de que descendiste sobre ellos como en una ráfaga de viento! Ellos, los que eran pusilánimes y temerosos, son ahora, gracias a tu presencia, potentes mensajeros del amor de Dios; y proclaman intrépidamente el Evangelio. ¡Vemos la asombrosa transformación de Pedro! ¡Qué gran obra realizaste en él, otorgándole el espíritu de fortaleza! Así, tanto como él como los otros apóstoles permanecieron fieles a ti hasta la muerte. 

Ahora, oh amado Amigo Divino, hemos llegado al día de tu Fiesta, y te damos gracias por todas las meditaciones que nos han ayudado a conocerte mejor. Si nuestra amistad contigo se hizo más profunda, éste sería un gran fruto. En efecto, ¡Tú estás tan cerca de nosotros! Para ti es evidente, pues Tú, junto con el Padre y el Hijo, pones tu morada en nosotros. Pero nosotros tenemos que aprender a entenderlo mucho mejor y conocer cada vez más los misterios del amor de Dios. ¡Tú nos ayudarás en ello!

Ahora, después de que Tú descendiste, los Apóstoles quedaron preparados y equipados para ser enviados al mundo entero. Tú los guiaste y acompañaste siempre, y ellos fueron fieles cooperadores en el plan salvífico de Dios. ¡Ahora ellos son nuestro orgullo y nuestros modelos a seguir! 

Nuestra tarea ahora es continuar con la misión que Jesús encomendó a su Iglesia. Aunque los Apóstoles y tantos misioneros que dieron su vida por el anuncio del Evangelio estén ya en la eternidad, Tú permaneces y te has quedado entre nosotros. Por eso podemos emprender confiadamente la tarea que nos ha sido encomendada en este mundo, porque sabemos que podemos confiar en ti. Despliega en nosotros tus maravillosos dones y haz crecer en nuestro interior tus frutos. Entonces, oh Amigo Divino, nosotros nos complaceremos en ti y Tú en nosotros. 

¡Todavía queda mucho por hacer en el Reino de Dios!

¡Ándale!

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