«En verdad os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá» (Mc 11,24).
La oración es el gran diálogo con Dios. Al garantizarnos que nuestras súplicas serán escuchadas, el Señor nos hace un gran regalo y nos muestra su amor. En realidad, si tenemos fe, esta promesa resulta tan sencilla y atrayente para nosotros.
Nuestro Padre celestial no nos ha trazado un camino complicado; de lo contrario, no nos habría puesto como ejemplo a un niño, diciéndonos que debemos hacernos como uno de ellos (Mt 18,3). De hecho, estamos llamados a confiar en Dios con la sencillez de un niño.
El problema radica más bien en otra parte. A menudo, buscamos la seguridad de nuestra vida en nuestros propios logros y capacidades. Quizá incluso nos cueste aceptar que dependemos tanto de Dios que, como les dijo Jesús a sus apóstoles, sin Él nada podemos hacer (Jn 15,5). Si esta idea nos resulta ajena, significa que aún no hemos comprendido algo esencial. Al tomar conciencia de que todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido de un Padre amoroso, no nos vemos privados de nuestra libertad personal, sino que la encontramos precisamente en esta certeza.
Si no lo hemos comprendido aún, queda claro por qué todavía no le damos a la oración el lugar que le corresponde. Y es que la oración es la confesión inequívoca de que estamos sometidos a un Ser Superior a quien pedimos lo que necesitamos. Si esta súplica viene acompañada de una gran fe, es como si abandonáramos nuestra propia seguridad y mostráramos nuestra dependencia de Dios. Entonces, Él encuentra el camino abierto para concedernos sus dones. De este modo, mediante nuestra fe, desatamos el actuar de Dios y le permitimos colmarnos de todo lo que su amor ha previsto para nosotros. Y todo lo que nos conceda lo recibiremos con gratitud.
Este es el vídeo que contiene las tres palabras de Jesús de la cuarta, quinta y sexta meditaciones de esta serie: https://youtu.be/vSEdZoASs9Y

