Exhortación conclusiva de la epístola

El apóstol San Pablo prosigue con sus exhortaciones a la comunidad de Colosas sobre cómo deben llevar una vida verdaderamente cristiana:

«Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro; como el Señor os ha perdonado, hacedlo así también vosotros. Sobre todo, revestíos con la caridad, que es el vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo se adueñe de vuestros corazones: a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. Que la palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente. Enseñaos con la verdadera sabiduría, animaos unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando agradecidos en vuestros corazones. Y todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,13-17).

Sabemos lo importante que es el perdón para que la vida comunitaria transcurra en armonía. Si Dios nos concede su perdón, este debe extenderse a toda la comunidad como un rayo de paz. Recordemos que, en respuesta a la pregunta de Pedro, Jesús nos exhortó a perdonar a nuestro hermano hasta «setenta veces siete» (Mt 18,21-22), es decir, siempre. Es importante comprender esta enseñanza. Si no estamos dispuestos a perdonar, adoptamos, en cierto modo, una postura acusatoria. Si nos endurecemos en esta actitud, aquel que es el «acusador de nuestros hermanos» (Ap 12,10) lo celebrará.

Precisamente el perdón de los pecados, que Dios nos concede mediante el sacrificio de su Hijo, le arrebata al acusador las armas con las que nos ataca. Incluso si un hermano que realmente nos ha hecho daño aún no ha pedido perdón, debemos trabajar en nuestro corazón de tal manera que estemos siempre dispuestos a perdonarle.

Continúa San Pablo:

«Mujeres: estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos: amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas. Hijos: obedeced en todo a vuestros padres, pues esto es agradable al Señor. Padres: no os excedáis al reprender a vuestros hijos, no sea que se vuelvan pusilánimes» (Col 3,18-21).

El apóstol nos propone aquí las normas de convivencia para que la vida familiar transcurra en armonía según el designio de Dios. Hoy en día, a menudo se reacciona con gran sensibilidad cuando se habla de la sumisión de la mujer a su marido. Esto contradice el «espíritu de la época», en el que el significado de la familia corre el riesgo de desvanecerse, incluso en el ámbito cristiano. Otros «modelos de vida paralelos» se han instalado demasiado en la mentalidad común y también en la práctica.

Muchas veces se malinterpreta la sumisión y, quizá, en ocasiones también se la practica de forma errónea. En realidad, se trata de las diversas tareas y, en consecuencia, también de las diferencias entre el varón y la mujer en su forma de ser. Estas diferencias tienden a la complementariedad. En la época en la que vivía el Apóstol de los Gentiles, era lo más natural que la familia ocupara el lugar central y que la mujer desempeñara en ella su papel esencial como esposa y madre, mientras que el hombre se ocupaba más de las relaciones con el exterior. En ese sentido, él asumía las responsabilidades sociales y los respectivos cargos. La mujer lo apoyaba en esa tarea y se sometía a él, al mismo tiempo que se hacía cargo del hogar, a menudo con muchos hijos.

San Pablo exhorta a los maridos a amar a sus esposas y a tratarlas con delicadeza. De este modo, la unión de amor entre los cónyuges se convierte en una fuente de inspiración tanto para los hijos como para el hombre en el desempeño de sus funciones sociales. La obediencia natural de los hijos hacia los padres, así como el trato delicado de estos hacia los hijos, completan la imagen de la familia tal y como la concibe el apóstol. En este contexto, cabe destacar que Pablo siempre remite al Señor para que la vida familiar se desarrolle según su voluntad.

Antes de concluir su epístola con algunas notas personales y saludos, el apóstol ofrece unos últimos consejos a la comunidad, acompañados de la petición de que recen por él y por sus colaboradores.

«Perseverad en la oración, velando en ella con acciones de gracias. Orad al mismo tiempo por nosotros para que Dios nos abra una puerta a la predicación, y podamos hablar del misterio de Cristo -por el cual estoy encadenado- para que lo dé a conocer como debo hacerlo. Comportaos sabiamente ante los de fuera, redimiendo el tiempo. Que vuestra conversación sea siempre con gracia, sazonada con sal, de forma que sepáis responder a cada uno como conviene» (Col 4,2-6).

San Pablo nunca olvida exhortar a los fieles a dar gracias a Dios por todo lo que ha hecho por la comunidad. En efecto, la gratitud es la clave para que el corazón se abra cada vez más al Señor y crezca el amor. Del mismo modo, la oración perseverante mantiene viva y profundiza la relación con Dios.

Los cristianos de Colosas deben aprovechar el tiempo que Dios les concede en la Tierra. Esta exhortación también es muy importante para nosotros. Si nos entregamos por completo a las manos de Dios, podremos trabajar eficazmente por nuestra propia salvación y por la de muchas almas.

Finalmente, Pablo hace referencia a «los de fuera», que deben experimentar un trato amable por nuestra parte. Nuestras palabras deben estar sazonadas con la verdad, pues así podremos responder a cada uno como conviene y dar testimonio de aquel que nos amó hasta la muerte.

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Meditación sobre la lectura del día:

Meditación sobre el evangelio del día:

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