“INCLUSO UN ELÍAS ERA DÉBIL”

«Incluso un Elías era débil y estaba necesitado de mi fuerza para llevar adelante su ministerio» (Palabra interior).

¿Quién no recuerda al gran profeta Elías, que condujo a su pueblo de vuelta a Dios mediante magníficos prodigios? ¿No fue él quien se atrevió a enfrentarse directamente al rey Ajab cuando este hacía cosas contrarias a Dios? ¿No fue él quien sufrió el odio de la reina Jezabel, que rendía culto a los baales, y quien lo persiguió encarnizadamente cuando él había mandado matar a sus sacerdotes idólatras, no sin antes haber demostrado que actuaba por encargo del Altísimo?

Uno podría pensar: «¿Qué podría aún atemorizar a un profeta de Dios como este?»

Sin embargo, es ajeno a la realidad pensar que Elías fue uno de esos héroes que nuestra fantasía se imagina o que los medios de comunicación nos presentan como figuras invencibles.

No, Elías vivía gracias a la fuerza de Dios. Todo lo que hacía lo hacía por encargo suyo y superaba con creces su condición humana. Él mismo lo percibió cuando le dijo a Dios que quería morir y que no era mejor que sus antepasados (1Re 19,4).

Pero no solo él, sino también los otros siervos del Señor atravesaron etapas de oscuridad y debilidad. Tal vez incluso llegaron a creer que ya no podían seguir. ¿Qué habrá sentido Santa Juana de Arco cuando fue capturada y entregada a sus enemigos?

También a nosotros nos puede suceder lo mismo en el camino de seguimiento del Señor. Nuestro Padre lo permite para que comprendamos cada vez mejor que es Él quien nos guía y nos da la fuerza para realizar sus obras sin rendirnos. No es fácil llegar a decir, como san Pablo: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2Cor 12, 10).

Para ello se requiere un camino espiritual acompañado de la debida comprensión. Sin embargo, el hecho de que no somos los únicos que atravesamos momentos de debilidad puede servirnos de consuelo y aliento. Nuestro Padre seguirá sosteniéndonos y, precisamente en esas etapas, estará especialmente cerca de nosotros.