Las falsas doctrinas impiden la unidad en Cristo

El énfasis que he puesto en la última meditación sobre el peligro de las falsas doctrinas es muy necesario, pues también hoy en día los fieles se enfrentan a enseñanzas erróneas que se han infiltrado en la Iglesia. He escrito y hablado en muchas ocasiones sobre este tema y les invito a leer mis publicaciones para saber cuáles son, desde mi punto de vista, las doctrinas y prácticas que ponen en peligro a los fieles en la actualidad: https://es.elijamission.net/wp-content/uploads/2025/03/LAS-CINCO-HERIDAS-DE-LA-IGLESIA.pdf

En cualquier caso, las herejías deben ser rechazadas con contundencia y, normalmente, esta tarea compete a la autoridad de la Iglesia. Sin embargo, la situación se vuelve problemática cuando es la propia jerarquía la que difunde falsas doctrinas o no las corrige. Lamentablemente, eso está sucediendo cada vez más. Puesto que así es la situación, los fieles, basándose en la fe católica que nos ha sido transmitida a lo largo de los siglos, deben oponerse claramente a estos errores, y esperemos que puedan contar con la ayuda de algunos miembros del clero.

En el contexto de lo que San Pablo escribe a los colosenses, me limitaré a citar un ejemplo reciente de una enseñanza errónea difundida por la cúpula de la Iglesia. Se trata de una declaración del papa Francisco en septiembre de 2024. Según informó el portal Kath.net, el último día de su viaje, el papa Francisco dijo lo siguiente durante un encuentro interreligioso con jóvenes en un instituto católico en Singapur:

«Todas las religiones son un camino para llegar a Dios. Y, hago una comparación, son como diferentes lenguas, como distintos idiomas, para llegar allí. Porque Dios es Dios para todos (…). Esto es muy importante porque si empiezan a discutir: “Mi religión es más importante que la tuya…” “La mía es verdadera, la tuya no es verdadera…”, ¿a dónde lleva esto? Sólo hay un Dios, y nosotros, nuestras religiones son lenguas, caminos para llegar a Dios. Uno es sijs, otro, musulmán, hindú, cristiano; aunque son caminos diferentes.» 

Tales declaraciones contradicen de forma eclatante las palabras del propio Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre si no es a través de mí» (Jn 14,6), así como la Tradición milenaria de la Iglesia. Y es que ella ha sido enviada precisamente para anunciar a todos los hombres la salvación en Cristo.

Por desgracia, estas declaraciones del difunto papa no son un caso aislado, sino que están en consonancia con una serie de afirmaciones y acciones similares que tampoco han sido rectificadas por su sucesor.

Sin convertirlo en el tema principal de la meditación de hoy, solo me gustaría dejar claro lo que esto significaría para la misión de la Iglesia. Si todas las religiones fueran caminos hacia Dios, no sería necesario anunciarles el Evangelio, ya que también podrían salvarse a través de su propia religión. Por tanto, Jesús no habría tenido que enviar a sus discípulos ni Pablo y los apóstoles habrían tenido que dar su vida. ¿Para qué habrían muerto entonces tantos misioneros y mártires?

Volvamos ahora a la epístola del Apóstol, que exhorta a su comunidad:

«Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Pues habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él. Mortificad, pues, lo que hay de terrenal en vuestros miembros: la fornicación, la impureza, las pasiones, la concupiscencia mala y la avaricia que es una idolatría. Por ellas viene la ira de Dios sobre los hijos de la incredulidad. También vosotros las practicasteis en otro tiempo, cuando vivíais en ellas. Ahora, sin embargo, desechad también vosotros todas estas cosas: la ira, la indignación, la malicia, la blasfemia y la conversación deshonesta en vuestros labios. No os engañéis unos a otros, pues os habéis despojado del hombre viejo con sus obras y os habéis revestido del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen del Creador. Para Él no hay griego o judío, circuncisión o no circuncisión, bárbaro o escita, esclavo o libre, sino que Cristo es todo en todos» (Col 3,1-11).

Debido a la gloria y la dignidad que se nos ha concedido en Cristo y que ya poseemos ahora en virtud de la fe, debemos emprender el combate espiritual. Aunque el «hombre viejo» haya muerto y sido sepultado mediante el bautismo y hayamos recibido la nueva vida en Cristo, aún debemos luchar contra las malas inclinaciones de una vida de pecado. El Apóstol las menciona explícitamente. Antes nos dominaban; ahora debemos aprender a dominarlas y aspirar a las virtudes opuestas. Se trata de un largo combate, pero Dios nos dará toda la ayuda necesaria para resistir. Sin embargo, debemos tener claro que tendremos que trabajar con perseverancia y sin decaer. Así seremos renovados a imagen del Creador cuando la nueva vida en Cristo vaya tomando forma.

La última frase del pasaje de hoy es de gran importancia para nosotros: cuando acogemos a Cristo y emprendemos el camino en pos de Él, surge una unidad entre las personas que va mucho más allá de las nacionalidades o posiciones sociales. ¡Es la unidad en Cristo a la que todos los hombres estamos llamados!

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Meditación sobre el evangelio del día:

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