El purgatorio: la purificación tras la muerte

Para completar esta serie de meditaciones sobre las «postrimerías», solo nos queda abordar el tema del purgatorio, que es muy importante, aunque a menudo se malinterpreta. A pesar de su seriedad, la doctrina del purgatorio resulta muy reconfortante.

Debemos asumir que, después de la muerte, la mayoría de las personas aún no están en condición de alcanzar inmediatamente la unión plena con Dios, ya que para ello es preciso estar completamente purificados. Al mismo tiempo, esperamos que el menor número posible de almas —ojalá ninguna— se condenen en el infierno. Esto, por supuesto, queda sometido exclusivamente al Juicio misericordioso y justo de Dios. Desde este trasfondo, podemos comprender el profundo sentido de la doctrina del purgatorio. El lugar de purificación brota de la sabiduría de Dios y constituye un acto de su misericordia. Así, para aquellas personas que durante su vida terrenal no respondieron suficientemente al amor de Dios, aún existe la posibilidad de ser purificados después de la muerte.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña lo siguiente al respecto:

«Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo» (CEC, 1030).

Ahora bien, según santa Catalina de Génova, el purgatorio no solo es un lugar de tormento, sino también de consuelo. A continuación, citaremos la síntesis que San Francisco de Sales hace del Tratado del purgatorio de esta santa:

«La idea del purgatorio es mucho más apropiada para infundirnos consuelo que para causarnos temor. Si bien las penas del estado de purificación son tan grandes que ni los sufrimientos más extremos de esta vida pueden comparárseles, también los deleites interiores allí son tan magníficos que ninguna dicha o placer de este mundo se les iguala. Porque: 1) las almas están en constante unificación con Dios; 2) se han sometido plenamente a su santa Voluntad, y su propia voluntad está amoldada a la Voluntad de Dios hasta el punto de no querer otra cosa que lo que Dios quiere, de manera que, aun si las puertas del cielo estuviesen abiertas para ellas, no se atreverían a presentarse ante Dios mientras aún perciban en sí mismas huellas del pecado; 3) ellas se purifican allí voluntariamente y con amor, sólo para agradar a Dios; 4) ellas quieren estar allí del modo como a Dios le plazca y tanto tiempo como Él quiera; 5) ya no cometen pecado; no tienen ni el menor movimiento de impaciencia ni cometen la más mínima falta; 6) ellas aman a Dios sobre todas las cosas, con un amor perfecto, puro y desinteresado; 7) las benditas almas son allí consoladas por los ángeles; 8) ellas tienen la certeza de su salvación y viven en una esperanza que nunca más defraudará sus expectativas; 9) su más amarga amargura está en profunda paz; 10) a pesar de que este sitio sea un infierno en cuanto al sufrimiento, es también un paraíso en cuanto a la dulzura que el amor de Dios derrama en sus corazones: un amor que es más fuerte que la muerte y más potente que el infierno; 11) este estado es más de anhelar que de temer, porque sus llamas son llamas de un santo anhelo y amor; 12) no obstante, son terribles, porque retrasan el momento de llegar a la plenitud, que consiste en contemplar y amar a Dios, y, a través de esta contemplación y de este amor, alabarlo y glorificarlo por toda la eternidad.»

Vemos, pues, que el estado de las almas del purgatorio es, por un lado, muy doloroso, ya que aún no han alcanzado su meta, la unión con Dios, que ahora anhelan ardientemente. A esto se suma el sufrimiento expiatorio que todavía deben soportar según el designio divino. Como enseña santo Tomás de Aquino, las penas temporales por los pecados se satisfacen en el purgatorio mediante la así llamada «satispasión», es decir, mediante la aceptación voluntaria del sufrimiento expiatorio impuesto por Dios.

Por otra parte, las almas del purgatorio tienen la certeza de haber sido salvadas y saben que, como hijos de Dios, pueden ahora esperar con alegría y gratitud la unión plena con Él. Aunque ellas mismas ya no pueden hacer nada de forma activa para acelerar este proceso, sí pueden recibir ayuda a través de la Iglesia.

En este punto, volvemos a admirar la infinita sabiduría de Dios. La Iglesia, como comunión de los santos, abarca la Iglesia triunfante en el Cielo, la Iglesia militante en la Tierra y la Iglesia purgante en el Purgatorio. Nosotros, aquí en la Tierra, podemos interceder ante Dios por nuestros hermanos del Purgatorio. La Iglesia nos enseña que las acciones que realizamos en la Tierra no solo repercuten en nuestra propia alma, sino también en la de otros, especialmente en las del Purgatorio. Al ofrecer Santas Misas, oraciones y sacrificios por los difuntos, ponemos en práctica nuestra fe de forma concreta y brindamos ayuda a las almas que aún se encuentran en proceso de purificación. Al mismo tiempo, con esta obra de misericordia contribuimos a nuestra propia santificación.

En este aspecto de nuestra fe, también las indulgencias desempeñan un papel importante. En virtud de su potestad espiritual, la Iglesia puede conceder indulgencias que liberan total o parcialmente a las benditas almas del purgatorio de las penas temporales. Así, esta práctica es una expresión de la caridad y de la comunión de los santos.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/el-triunfo-de-la-luz-2/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/valiosas-ensenanzas-de-jesus-2/

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