«No andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber? (…) Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados» (Mt 6,31-32).
Las Sagradas Escrituras nos exhortan una y otra vez a no dejarnos llevar por las preocupaciones, que pueden hacernos sentir que no hay salida. Las preocupaciones pueden acompañarnos constantemente, corroer nuestra fuerza de vivir y hacer que miremos al mundo con cara avinagrada. Están ahí desde que nos despertamos por la mañana y ni siquiera nos dejan en paz por la noche.
¡El Señor no quiere vernos así! Por el contrario, nos invita a confiar y a descargar sobre Él todas nuestras preocupaciones (1Pe 5,7). Sin embargo, debemos dar ese paso para que la palabra de Jesús se haga realidad en nuestras vidas. Eso exige un esfuerzo por nuestra parte, ya que, paradójicamente, puede suceder que nos aferremos a las preocupaciones. Es como si la actitud de quien siempre está preocupado se convirtiera en una especie de falsa identidad. ¡Qué pesadilla!
Dios conoce nuestra situación y no pasa de largo ante nuestra necesidad. Quiere animarnos a acudir a Él y asegurarnos que, en Él, siempre habrá una salida.
El problema de este «estado de preocupación excesiva» es que nos olvidamos fácilmente del Señor, pues nos dejamos absorber demasiado por la dinámica de las preocupaciones. Por eso, es importante recordar la amorosa presencia de Dios, capaz de transformarlo todo. Una simple mirada hacia nuestro Padre, una palabra dirigida a Él, compartirle lo que nos preocupa y hacer un acto de confianza puede liberarnos de nuestra tensión interior y abrir el camino para acoger la presencia amorosa de nuestro Padre celestial. Así, hallaremos la paz.
Este es el vídeo que contiene las palabras de Jesús que hoy hemos meditado:

