San Conrado de Parzham: apóstol de la santidad

Tras las meditaciones sobre la Resurrección del Señor y las realidades últimas del hombre, me gustaría retomar algo que empecé el año pasado: tratar con frecuencia la vida de los santos del día. No necesariamente serán siempre los santos cuya memoria se celebra en la liturgia del día, sino que también hablaré de aquellos que quizá sean menos conocidos o que solo se veneran a nivel local, pero que también figuran en los santorales.

Todos los santos son verdaderos testigos del Evangelio, tanto si realizaron obras extraordinarias a la vista de todos como si su amor a Dios floreció más bien en lo oculto. Son un don inestimable para la Iglesia y, por tanto, para toda la humanidad. Solo Dios sabe cuántas gracias se han derramado sobre la humanidad gracias a sus vidas.

Hoy pondremos nuestra mirada en san Conrado de Parzham, un santo alemán de quien procede esta memorable afirmación:

«Siempre me va bien. Siempre estoy feliz y contento en Dios; todo lo acepto con gratitud de mi querido Padre celestial, ya sean sufrimientos o alegrías. Al fin y al cabo, Él sabe lo que es mejor para nosotros y así estoy siempre feliz en Dios».

¿Qué clase de hombre es capaz de pronunciar tales palabras? Si no hubiera hecho mención al sufrimiento, se podría pensar que san Conrado nos habla de un estado paradisíaco. De hecho, el Paraíso no está distante cuando le escuchamos hablar así: un Paraíso en el que incluso el sufrimiento cobra sentido en lo más íntimo de un alma llena de Dios.

Johannes Birndorfer —ese era su nombre de pila— nació en el seno de una familia cristiana en Parzham, en el sur de Alemania. Desde una edad muy temprana, destacó por su vida virtuosa, lo que llevó a sus contemporáneos a llamarlo «ángel». Inicialmente ingresó como laico en la Tercera Orden de San Francisco y llevó una vida apostólica, marcada desde entonces por el silencio, la frecuente oración —incluso durante el trabajo— y la disposición a asumir de buen grado todas las labores que conllevaba la gran granja de sus padres.

A los treinta años, Johannes Birndorfer, gran devoto de la Virgen María, ingresó como candidato en la Orden de los Capuchinos en Altötting. Al tomar el hábito, recibió el nombre religioso de Conrado. Hizo su profesión solemne como hermano laico el 4 de octubre de 1852 y fue asignado como portero del convento de Santa Ana, en Altötting. Durante 41 años desempeñaría este oficio y, a lo largo de todos esos años, sus tareas permanecieron básicamente iguales. Para los incontables peregrinos que llegaban cada año con diversas intenciones al famoso santuario mariano de Altötting, en Baviera, el hermano Conrado solía ser la primera persona con la que se encontraban en la portería. Siempre atendía con amor abnegado a los pobres. Además, asumió las funciones de sacristán. Se cuenta que, a pesar de su gran carga de trabajo, siempre mostró paciencia y amabilidad en su trato con todo tipo de personas. Encontraba la serenidad en su profunda piedad, en su ferviente oración y penitencia, y en su vida ascética, marcada por la humildad y el fiel cumplimiento de sus tareas. Además, se le había concedido el privilegio de recibir la comunión todos los días, algo inusual en aquella época. Se decía que tenía el don de leer los corazones, gracias al cual reconocía muchos rasgos del carácter de quienes le rodeaban.

La hermosa afirmación del hermano Conrado de que siempre está feliz y contento no es, evidentemente, producto de un temperamento optimista y alegre, sino de su profunda unión con Dios. De hecho, él mismo describió su vida en estos términos: «Mi estilo de vida consiste en amar y sufrir, en maravillarme, adorar y admirar el inefable amor de Dios por sus criaturas. No me canso de contemplar este amor de mi Dios. Nada me detiene, porque estoy íntimamente unido a mi amado Dios, a María y a los santos. Incluso en mis diversas ocupaciones estoy aún más íntimamente unido a Él, y le hablo con plena confianza, como un niño con su padre».

Seguramente al hermano Conrado no siempre le resultaba fácil hacer frente a las diversas exigencias que se le presentaban. Él mismo nos cuenta de qué manera afrontaba las dificultades:

«El medio al que recurro para ejercitarme en la humildad y la mansedumbre no es otro que la cruz. Ese es mi libro. Solo la contemplación de la cruz me enseña cómo comportarme en cada ocasión. De ella aprendo la paciencia, la humildad y la mansedumbre, y a sobrellevar cada cruz con serenidad».

En el hermano Conrado descubrimos una vida abundante y fructífera al servicio del Señor. De hecho, muchas personas se enriquecieron con su bondad. Su testimonio nos anima a recorrer con sencillez el camino al que hemos sido llamados, sirviendo así al Señor y a su Reino. Lo esencial es vivir en una íntima relación con Dios y sacar de ella la fuerza para la misión que se nos ha confiado. Esta fuente del amor divino es inagotable, y en el hermano Conrado encontró una noble vasija que lo acogió y lo transmitió a los demás.

El papa Benedicto XVI, que tenía un cariño especial por el santuario de Altötting, donde se encuentra la tumba del hermano Conrado y que hasta el día de hoy recibe un gran número de peregrinos, pronunció unas palabras muy acertadas sobre nuestro santo:

«Como recomienda el Señor en una de sus parábolas, [San Conrado] se colocó realmente en el último lugar, como humilde fraile portero. Desde su celda siempre podía mirar hacia el sagrario, estar con Cristo siempre. A partir de esa mirada, aprendió la bondad ilimitada con la que trataba a las personas que llamaban a su puerta casi sin cesar. Sin grandes palabras, les transmitió a todos ellos, a través de su bondad y humanidad, un mensaje que valía más que simples palabras».

Santo Hermano Conrado, ¡ruega por nosotros para que nuestra vida, al igual que la tuya, produzca fruto abundante para el Reino de Dios!

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/hechos-de-los-apostoles-hch-751-60-81a-el-discurso-y-el-martirio-de-san-esteban/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/el-hambre-espiritual-2/

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