Preparación inminente para Navidad (Part I)

En las tres primeras semanas de Adviento, nos habíamos preparado para la Venida del Señor desde tres diversas perspectivas.

En primera instancia, habíamos meditado sobre la Venida histórica de Jesús al mundo, a través de los textos bíblicos y la liturgia, que actualizan el acontecimiento de la Venida del Redentor.

Después, habíamos reflexionado sobre el nacimiento de Cristo en nuestro interior, lo cual debería ayudarnos a percibir el acontecimiento bíblico también en nuestra alma, porque, de hecho, el Señor no sólo quiso nacer en Belén; sino que además quiere vivir en nuestros corazones de una manera real.

En la tercera semana, nos concentramos en el tema del Retorno del Señor, el cual debería despertarnos para aprovechar el tiempo para preparar el camino al Señor que vuelve.

Para que la vida cristiana sea plena, estos tres aspectos deben ir de la mano y han de ser tomados en cuenta. Sin la realidad histórica de la Redención, nuestra fe sería un mito; sin su interiorización, carecería de profundidad; y sin la perspectiva del Retorno de Cristo, perdería su enfoque en la meta y se reduciría su dinamismo.

Entonces, para llevar una vida atenta en el seguimiento de Cristo –que se alimenta de la Palabra y del Sacramento, que nos abre la dimensión mística y que está enfocada en la meta–, necesitamos la presencia especial del Espíritu Santo en nuestra vida. Él es la memoria viva de lo que Jesús dijo e hizo (cf. Jn 14,26); Él ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rom 5,5), y no se cansa de recordarnos que el Señor vuelve, para que permanezcamos sobrios y vigilantes, y estemos preparados.

Volvamos ahora nuestra atención a Belén, hacia donde se dirigen María y José:

“Por aquel entonces se publicó un edicto de César Augusto, por el que se ordenaba que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo Cirino gobernador de Siria. Todos fueron a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José subió desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.” (Lc 2,1-5)

Para María y José no hubo sitio en el albergue (cf. Lc 2,7c), y así tuvieron que conformarse con una gruta. Tal vez sus corazones estaban algo angustiados en vista de las posadas abarrotadas y la proximidad del nacimiento. Pero una gruta les ofreció refugio. María y José habrán esperado con alegría, agradecidos por haber encontrado un sitio, aunque fuera sencillo, para el Nacimiento del Hijo de Dios.

De seguro la Virgen habrá meditado una y otra vez las palabras que le había dicho el ángel: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Vas a concebir en tu seno y a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, le llamarán Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1,30-33).

San José, a quien la Escritura describe como un “hombre justo” (cf. Mt 1,19), debe haber advertido con asombro lo que sucedía con la esposa que le había sido encomendada y con el niño que ella esperaba.

Comprender los caminos de Dios, que sobrepasan con creces nuestra forma de pensar, es un proceso constante. Cada hora, cada día que pasaban en la cercanía de su Hijo divino, que ahora pronto se hará visible, habrá llenado su corazón de gran alegría. La espera del Nacimiento, todos los preparativos, cada gesto –por más pequeño que haya sido–, era un servicio al Señor.

Ahora, también nosotros podemos entrar conscientemente en esta espera. Es algo siempre nuevo, porque día a día podemos conocer mejor el amor de nuestro Redentor. Es el Señor mismo a quien encontraremos en el Niño de Belén, y a Él podemos aprender a comprenderlo mejor cada día. Su amor y Su sabiduría son insondables (cf. Rom 11,33), para asombro de los santos ángeles y de los hombres. No todo se comprende a través de las palabras. Basta con mirar al Niño y dejarse mirar por Él, simplemente así como una madre mira enamorada a su hijo.

Pidamos a la Virgen y a San José aquel amor con que ellos esperaron a Jesús, y aquella ternura con que prepararon su llegada.


Harpa Dei acompaña musicalmente las meditaciones que a diario ofrece el Hno. Elías, su director espiritual. Éstas se basan normalmente en las lecturas bíblicas de cada día; o bien tratan algún otro tema de espiritualidad.
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