“NO APEDREAR A LA PECADORA”

«Mujer, ¿ninguno te ha condenado? —Ninguno, Señor. —Tampoco yo te condeno. Vete y a partir de ahora no peques más» (Jn 8,10-11).

Jesús no condena a la mujer sorprendida en adulterio, pero sí la exhorta claramente a no volver a pecar. Esa es la forma en que Dios trata a la humanidad pecadora: quiere redimirla sin por ello minimizar la gravedad del pecado. En efecto, es el pecado el que separa al hombre de Dios, de modo que Él ya no puede colmarlo con su amor. Sin embargo, es este mismo amor el que le mueve a salir en busca del hombre y a no dejarlo a merced de su perdición.

Jesús salva a la mujer de sus acusadores y les pone frente a un espejo: ¿quién de ellos tiene derecho a arrojarle una piedra? ¿Hay alguien sin pecado?

Solo Jesús, el Hijo de Dios, está libre de pecado. Solo Él podría alzar la piedra. ¡Pero no lo hace, pues no vino al mundo para condenar! Dios no lanza piedras para castigar al pecador. Antes bien, le ofrece el perdón. Todas las piedras que el pecado merecería fueron arrojadas sobre el Hijo de Dios, que cargó con el peso de nuestras culpas para que nosotros pudiéramos vivir.

¡Así es nuestro Padre!

Sin embargo, Jesús no despide a la pecadora sin antes advertirla. Dios no quiere condenarla, pero es necesario que cambie de vida. Si continúa en el pecado, permanecerá en las tinieblas y podría acabar pereciendo en él. Lo mismo se aplica a toda la humanidad. Si acepta la invitación a la conversión, encontrará la luz. Si la rechaza, se condena a sí misma y permanece en la oscuridad.

Este es el vídeo que contiene las palabras de Jesús meditadas en los “3 Minutos para Abbá” del 4 y 5 de junio: