« En verdad os digo que vosotros, los que me habéis seguido, recibiréis el ciento por uno y heredaréis la vida eterna» (cf. Mt 19,28-29).
He aquí la gran promesa dirigida a aquellos que están dispuestos a dejarlo todo para seguir al Señor. Lo que para algunos puede ser «olor de muerte» (cf. 2Cor 2,16), es en realidad una invitación a vivir más plenamente en la presencia de Dios. Quienes han sido llamados y han respondido a su vocación entregándose sin reservas a Dios se convierten en los hijos de su amor, tal y como nuestro Padre celestial nos hace entender en el Mensaje a sor Eugenia Ravasio. Esto no significa que las personas que, a nivel externo, no dan este paso de «abandonar el mundo», no sean sus hijos amados. Sin embargo, un resplandor especial brilla sobre los apóstoles de Jesús, a quienes se dirige en primer lugar esta palabra, así como sobre todos aquellos que han seguido su llamado a lo largo de los siglos.
Dejarlo todo significa buscar primero y ante todo la voluntad de Dios. Se trata ya de un anticipo de la «vida futura», pues Dios retribuye a quienes lo dejan todo por su causa introduciéndolos en el misterio de su vida divina. Estos pierden el gusto por las cosas pasajeras cuando son puestas en primer lugar y solo se instalan en esta vida pasajera en la medida en que no obstaculice su camino hacia la eternidad. Tienen hambre de bienes eternos y su gran aspiración es el amor y la cercanía de Dios.
Las promesas de Dios para una vida así son maravillosas. Todo lo que hayamos dejado por su causa —y se podría añadir: todo lo que hayamos hecho por su causa— nos será retribuido con infinita generosidad en la eternidad. En efecto, dejarlo todo por el Señor es una obra de amor generoso, es optar por el mayor amor. Nuestro Padre sabrá recompensarlo tanto en el tiempo como en la eternidad.
Este es el vídeo que contiene las palabras de Jesús que hoy hemos meditado:
