La iluminación del Pueblo de Israel

En las dos últimas meditaciones, hemos podido constatar con dolor que, en su mayoría, el pueblo judío aún no ha reconocido a Jesús como el Mesías. En los apóstoles y discípulos del Señor vemos que una transición —o, mejor dicho, el cumplimiento y la plenitud del camino por el que Dios los había guiado hasta entonces— no solo era posible, sino que de hecho se produjo, al menos en un «remanente de Israel». Podemos verlo claramente en el caso de san Pablo, que procedía de los círculos más eruditos del judaísmo y que experimentó su conversión e iluminación como una gracia indecible. Dios actuaba con poder y acreditaba el testimonio de su Hijo Jesucristo mediante signos y prodigios. Sin embargo, como la mayor parte del pueblo no lo reconoció, se produjo una brecha cada vez mayor entre judíos y cristianos, y ya no fue posible un camino en común. La consecuencia fue la expulsión de las sinagogas de quienes profesaban la fe en el Mesías, así como la reorganización del judaísmo tras la destrucción del Templo en el año 70 d. C.

Por muy triste que sea esta separación, sin duda era inevitable, pues la aceptación de Jesús como el Mesías era y seguirá siendo el punto decisivo que abre las puertas de la gracia para la humanidad. La decisión de seguir al Hijo de Dios es el momento crucial para que esta gracia que Él nos alcanzó pueda llegar a las personas.

«Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer» (Jn 1,17-18).

Desde el punto de vista de la verdad, no pueden existir caminos de salvación paralelos. De lo contrario, no habría sido necesario que el Hijo de Dios viniera a este mundo. Él llevó a cabo la Ley y los Profetas, y como Cordero de Dios entregó su vida por la Redención de la humanidad.

En última instancia, solo el Espíritu Santo puede revelárnoslo: «Nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino por el Espíritu Santo» (1Cor 12,3b). Esta certeza de fe es un don de Dios que se puede pedir. Así como el Espíritu Santo concedió luz a los discípulos en Pentecostés para que comprendieran las Escrituras y el Resucitado les reveló su sentido, así también se necesita la luz sobrenatural de Dios para reconocer quién es Jesús y todo lo que esto conlleva. Pedimos esta iluminación para todos los hombres, pero especialmente para aquellos que llevan tanto tiempo esperando al Mesías prometido.

Hoy en día, sería provechoso mantener un diálogo serio con judíos creyentes y dispuestos al intercambio. En este contexto, puede resultar fructífero un debate teológico sobre cuestiones valiosas para ambas partes, pues Jesús mismo era judío, al igual que sus discípulos. Este tipo de diálogo puede contribuir también a superar la amargura de un pasado lamentablemente a menudo oscuro, en lo que se refiere a las relaciones entre judíos y cristianos.

Sin embargo, algo que no ayuda al pueblo de la Antigua Alianza ni corresponde al mandato misionero que Jesús encomendó a su Iglesia es afirmar —tal y como está sucediendo cada vez más por el lado católico— que el judaísmo constituye en sí mismo un camino de salvación válido y que no es necesario convertirse a Cristo. Esto no era así hace dos mil años, ni lo es hoy en día, ni lo será en el futuro. En la actualidad, esta visión errónea se está extendiendo incluso a otras religiones, pretendiendo presentarlas como caminos paralelos hacia Dios. Con tales declaraciones se induce a error tanto a judíos como a cristianos y a miembros de otras religiones, así como a aquellas personas que están en busca de la verdad.

El mandato misionero del Señor Resucitado sigue vigente y constituye una invitación de Dios a todos los hombres para que alcancen la salvación a través de su Hijo Jesucristo. Aquí no debe haber coacción, sino que la verdad del Evangelio que anunciamos debe estar respaldada por un testimonio de vida convincente.

Una y otra vez, me conmueve el ardiente deseo de san Pablo de que sus hermanos, procedentes del mismo pueblo al que él pertenecía y al que amaba, reconozcan a su Mesías y encuentren el camino hacia la Santa Iglesia (cf. Rom 9,1-5). Esto es lo que sucedió con un amigo judío de nuestra comunidad, y nos alegramos al ver todo lo que ha traído consigo el encuentro con Cristo en su vida. En un libro que ha publicado, ha recopilado los testimonios de varios judíos que describen el camino que les llevó a reconocer a Jesús como el Mesías. Es esperanzador escuchar estas historias, que dan fe de que Dios no ha dejado de buscar a su «primer amor».

Y, si el Señor no desiste, tampoco nosotros debemos dejar de hacer nuestra parte para que los judíos de hoy reconozcan a su Mesías. Aunque sea solo nuestra ferviente oración en lo escondido, ¡nunca debemos dejar de hacerla!

Para concluir esta meditación, me gustaría dar la palabra a un rabino judío que se encontró con Jesucristo y cuyo testimonio se relata en el libro mencionado anteriormente. Cuando le preguntaron por qué había abandonado la sinagoga para entrar en la Iglesia, el rabino Eugenio Zolli respondió:

«Pero si no la he abandonado. El cristianismo es la síntesis, la consumación o la corona de la sinagoga. Porque la sinagoga era una promesa, y el cristianismo es el cumplimiento de esa promesa. La sinagoga apuntaba hacia el cristianismo: el cristianismo presupone la sinagoga. Así, como veis, lo uno no puede existir sin lo otro. A lo que me convertí fue al cristianismo vivo. ¡Gustad y ved!» (Roy Schoeman, Honey from the Rock).

______________________________________________________

Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/la-guia-del-espiritu-santo-3/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/los-pastores-deben-estar-vigilantes-2/

Descargar PDF

Supportscreen tag