En la meditación de ayer, nos centramos en la Iglesia y pudimos ver cómo, a pesar de todas las adversidades, se extendió por el mundo entero. Escuchamos los elogios de san Ireneo, quien destacó la unidad en la doctrina y subrayó que a la Iglesia Dios le había confiado la luz que debía iluminar a todos los pueblos. El pasaje citado de su obra concluía con estas hermosas palabras:
«En todas partes la Iglesia predica la verdad, y es el candelabro de las siete lámparas (Ex 25,31.37) que porta la luz de Cristo.»
Al final de la meditación de ayer, reflexionamos brevemente sobre los judíos y, en ese contexto, expresé la esperanza de que, tras el terrible sufrimiento que han experimentado a lo largo de su historia, lleguen finalmente a reconocer al Mesías. ¡Qué bendición supondría para toda la humanidad! Esta afirmación, con la que concluimos la meditación de ayer, hace alusión a las siguientes palabras de san Pablo, que debemos tener presentes una y otra vez:
«Os digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo: siento una pena muy grande y un continuo dolor en mi corazón. Pues le pediría a Dios ser yo mismo anatema de Cristo en favor de mis hermanos, los que son de mi mismo linaje según la carne. Son israelitas: a ellos pertenece la adopción filial, la gloria, la alianza, la legislación, el culto y las promesas, de ellos son los patriarcas y de ellos procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas Dios bendito por los siglos. Amén» (Rom 9,1-5).
En esta declaración, vislumbramos el corazón ardiente de amor del Apóstol de los Gentiles, que experimentó en carne propia la gracia de la conversión. Se le concedió la gran luz para reconocer que ese Cristo, cuyos seguidores había perseguido hasta entonces (Hch 9, 1), era el Mesías esperado. Sabemos lo que significó aquella iluminación para san Pablo. A partir de ese momento, Jesús lo llamó para que se convirtiera en mensajero del Evangelio. Con un celo inagotable y casi sin igual, se puso al servicio del Evangelio y contribuyó de forma decisiva a la expansión de la fe cristiana entre los pueblos gentiles.
Le causaba un gran dolor que precisamente su pueblo, «sus hermanos según la carne», dotados de tantos privilegios, no reconocieran al Mesías para cuya venida habían sido preparados por Dios a lo largo de los siglos, sino que incluso rechazaran a Cristo y sus enseñanzas. Sin embargo, su dolor no solo se debía al hecho de que los judíos eran de su mismo linaje, sino que San Pablo nos da una pauta de lo que supondría para el plan de salvación que el pueblo de Israel abrazara la verdadera fe: «Si su caída es riqueza del mundo, y su fracaso riqueza de los gentiles, ¡cuánto más lo será su plenitud!» (Rom 11,12). Y más adelante: «Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su restauración sino una vida que surge de entre los muertos?» (v. 15).
Vemos, pues, que en el plan de salvación aún queda algo pendiente: el «primogénito» aún no ha entrado en la Casa del Padre a través de la gracia de Cristo. Esta situación persiste hasta el día de hoy y sigue siendo motivo de dolor, ya que Dios mismo eligió al Pueblo de Israel para que su Hijo Unigénito naciera y viviera entre ellos como hombre, a fin de cumplir las profecías y concederles la salvación.
Sin descuidar en modo alguno la preocupación por los demás pueblos, es importante que la Iglesia esté siempre pendiente del Pueblo de la Antigua Alianza y le pida al Espíritu Santo que, a través de su anuncio y ministerio, retire el velo de las mentes de los judíos para que reconozcan a su Mesías (cf. 2Cor 3,14-16). La Iglesia nunca debe perder de vista esta misión ni, mucho menos, renunciar a ella.
No es que todos los judíos se hubieran contagiado de la hostilidad de las autoridades religiosas hacia Cristo. De hecho, sabemos que un gran número de ellos se convirtió tras el sermón de Pedro el día de Pentecostés (Hch 2,41). Además, en los Hechos de los Apóstoles se relata repetidamente que los apóstoles podían predicar y dar testimonio de Cristo en las sinagogas, y siempre había judíos que abrazaban la fe (cf. Hch 13,15-43). Esta posibilidad se mantuvo durante algún tiempo, pero la situación cambió radicalmente tras la destrucción del Templo en Jerusalén, tal y como Jesús había predicho (Mt 24,1-2).
Dicho acontecimiento tuvo lugar el 30 de agosto del año 70 d.C. a manos de los romanos, bajo el mando del general Tito. Este suceso fue precedido por la revuelta judía entre los años 66 y 73 d. C., en la que se pretendía lograr la liberación del yugo romano y que es conocida también como la Primera Guerra Judeo-Romana.
Con la destrucción del Templo, los judíos perdieron su centro religioso. Esto dio lugar a un proceso de reflexión asociado especialmente con el rabino Yohanan ben Zakkay. Este buscaba más bien un acuerdo con los romanos y obtuvo del general Vespasiano —el padre de Tito— el permiso para establecerse en Yavne, una pequeña localidad cerca de Jaffa, con el fin de instruir allí a sus discípulos, orar y observar los mandamientos, tal y como prescribe la Ley.
Así, a través del rabino Yohanan, se inició una reorganización del judaísmo independiente del Templo. Se erigió una academia rabínica como alternativa a la capital religiosa perdida. Allí comenzaron a congregarse y a ejercer autoridad los herederos de los fariseos. La influencia de los rabinos y de la tradición oral se hizo cada vez más fuerte. Esta evolución fue uno de los puntos principales de la controversia entre judíos y judeocristianos.
Una generación después, los judíos redefinieron los límites del judaísmo y expulsaron de la sinagoga a quienes consideraban sectarios. Los veían como una amenaza para su fe. Entre los expulsados se encontraban también aquellos que reconocían a Jesús como el Mesías.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/sufrir-por-causa-del-senor/
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/evangelio-de-san-juan-jn-101-10-el-buen-pastor/

