“AFERRÉMONOS SIEMPRE AL SEÑOR” 

«Aférrate siempre a mí y adéntrate en lo más profundo de tu ser» (Palabra interior).

Pase lo que pase, por muchas tribulaciones que nos sobrevengan a nivel exterior e interior, y aunque no seamos capaces de percibir la presencia de Dios en medio de ellas, la frase de hoy nos exhorta a aferrarnos siempre a nuestro Padre. En efecto, no son los sentimientos los que pueden darnos seguridad en nuestro camino con Dios a lo largo del tiempo, sino su palabra y su voluntad de guiarnos. De ellas podemos fiarnos sin cuestionamientos ni dudas.

Si nos hemos desviado del camino recto, debemos volver inmediatamente a Dios, que nos llama, para poder asimilar de nuevo su gracia y vivir en ella. El amor de Dios nos envuelve siempre y, dependiendo de nuestra condición, nos exhortará a aferrarnos a Él o a volver a Él.

Si vivimos en estado de gracia, Dios mismo ha puesto su morada en nosotros y está presente en nuestra alma. Estamos llamados a encontrarnos con nuestro Padre en lo más íntimo de nuestra alma y a permanecer con Él. En esta unión con Dios, nuestra alma se fortalece constantemente y se llena de su luz, por más que las tormentas exteriores e interiores parezcan invencibles y nos dé la impresión de que Jesús está durmiendo, como en aquel entonces en la barca en el lago de Galilea, zarandeada por la tempestad para terror de los discípulos (cf. Mc 4,35-40).

¡Nuestro Señor no tardará en calmar la tormenta! Cuanto más profundamente nos adentremos en nuestro interior, más lo experimentaremos e incluso podremos percibir los primeros indicios de una tormenta que se avecina para prepararnos debidamente en el Señor.