«Alejarse de ti es MORIR. Volver a ti es RESUCITAR. Morar junto a ti es VIVIR» (San Agustín).
Nuestra vida espiritual muere cuando abandonamos el camino de Dios y volvemos a aferrarnos a las promesas de este mundo. La vida de la gracia que antes nos había sostenido comienza a extinguirse. La cercanía directa, tierna y natural de Dios, que otorga verdadero sentido a la vida, se desvanece.
En cierta medida, esto también sucede cuando descuidamos la vocación que nuestro Padre nos ha concedido y acabamos perdiéndola. Entonces, el impulso de la gracia que acompaña al llamado de Dios se va debilitando y, aunque nos mantengamos fieles a sus mandamientos por el resto de nuestra vida, queda algo insatisfecho en nuestra alma.
¡Cuánto cambia todo cuando el hombre retorna a Dios, que siempre le ha llamado y le ha esperado! Esto es lo que san Agustín define como «resucitar». La vida vuelve a él.
Al igual que Jesús resucitó a los muertos, tal y como escuchamos en el Evangelio, también le devuelve la vida espiritual al alma. Entonces, vuelve la alegría y el «gusto» por nuestro Padre celestial infunde nuevo aliento al alma, un júbilo lleno de gratitud por la gracia de Dios de poder volver a vivir.
Si a alguien se le concediera la gracia de recuperar incluso la vocación que había recibido, daría gracias al Señor de rodillas y haría con la mayor disposición todo lo que el Señor quiere de él.
Ahora se despliega la verdadera vida: poder morar junto al Señor y que Él more en nosotros. Todo se ve fecundado y bendecido por Dios, de modo que podemos completar nuestra carrera. La vida en la verdad deleita nuestra alma, que vuelve a florecer y ha encontrado su hogar.
