“LO MÁS ÍNTIMO DEL CORAZÓN” 

«La raíz del amor debe ser lo más íntimo de tu corazón; de esa raíz no puede brotar sino el bien» (San Agustín).

En un primer momento, esta afirmación de san Agustín puede sorprendernos. Se nos vienen a la mente las palabras de Jesús:

«Del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre» (Mc 7,21-23).

El santo hace alusión al corazón nuevo que Dios quiere concedernos y se refiere a un corazón purificado en el que el Señor mismo ha puesto su morada. Una vez que nuestro Padre habite en nosotros, sucederá realmente lo que describe san Agustín y el Espíritu clamará en nosotros: “¡Abbá, Padre!” (Gal 4,6).

Bajo el influjo del Espíritu Santo, el corazón se despoja de todo lo que lo oscurece y, en su lugar, crecen en él los dones del Espíritu. De esta manera, se convierte en un corazón distinto, moldeado según el corazón de Dios.

Y, de hecho, de un corazón así solo brotará el bien, pues está unido a Dios, que es la fuente misma del amor.

La transformación del corazón es una gran obra que nuestro Padre realiza en nosotros y que podemos implorarle que lleve a cabo. Es la aplicación tan necesaria del camino espiritual, que hace que nuestra fe sea muy fecunda y, al mismo tiempo, resulte atrayente para otras personas.

Un corazón así es un regalo de Dios, pero también debemos poner de nuestra parte para obtenerlo. Una persona con un corazón impregnado del amor de Dios es una luz para todos aquellos que buscan el bien y para los santos ángeles, pero es un terror para los espíritus malignos que no quieren amar.