“SIEMPRE ES NUESTRO PADRE”  

«Vengo de Dios, mi Padre, y vuelvo a Él, pues sólo a Él le pertenezco» (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Si nos fijamos bien en estas tres afirmaciones, veremos que en ellas se expresan todos los misterios de nuestra vida. Nadie más que nuestro Padre celestial nos ha regalado la vida y nos ha hecho partícipes de su infinito amor. Nadie más que Él podía llamarnos a la existencia a partir de la nada. Por eso, en virtud de su creación y vocación, cada persona está llamada a ser mensajera del amor de Dios y un hijo de su gracia: ¡un hijo de Dios!

Cuando llegue nuestra hora de dejar este mundo, volveremos a Dios. ¿A dónde más habríamos de ir? ¿Dónde podríamos hallar nuestro hogar para siempre si no es junto a Él? Allí donde ya no existe el tiempo, allí donde el mal no tiene cabida, allí donde la muerte ya no existe, allí donde adoraremos en contemplación eterna a Aquel que nos ha creado, redimido y santificado… «Señor, ¿a quién iremos?», le dijo Pedro a Jesús, «tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).

Nuestro Padre quiere tenernos junto a Él en la eternidad y morar en nuestro corazón ya aquí, en la Tierra.

Aún estamos en camino, y sin embargo hemos llegado ya al amor del Padre. Él ha puesto su mano sobre nosotros y nos ha dicho: «Tú eres mío» (cf. Is 43,1). Esa es nuestra certeza y, por eso, nada puede separarnos del amor de Cristo (cf. Rm 8,39). Solo a Él pertenecemos y nadie más puede poseernos. Somos propiedad suya, rescatados de la esclavitud del pecado al precio de la sangre del Cordero.

Nuestro Padre celestial nos acompañará y velará por nosotros mientras dure nuestra peregrinación por este mundo. Dios quiere que ni tú ni yo nos condenemos. ¡Así es nuestro Padre