«Señor, cinco talentos me entregaste; mira, he ganado otros cinco» —«Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu Señor» (Mt 25,20b-21).
A cada persona Dios le ha concedido dones para servir al Reino de Dios y, de este modo, edificar también a los demás. Sin embargo, ¡cuántos de sus maravillosos talentos quedan enterrados o, en el peor de los casos, se utilizan para extender el reino de la muerte! Quizás haya personas que crean no tener grandes dones o consideran que los suyos son de poco valor. Sin embargo, con tal actitud, están adoptando criterios humanos. Tal vez se imaginan los grandes dones carismáticos y no los encuentran en sí mismos.
San Pablo nos muestra cuál es el regalo más bello que podemos ofrecer al Señor. En la Primera Carta a los Corintios, enumera los diversos dones que Dios ha confiado a su Iglesia. Tras enumerarlos, entona el himno a la caridad: «La caridad nunca acaba. Las profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, la ciencia quedará anulada» (1Cor 13,8). Y concluye: «Ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad: las tres virtudes. Pero de estas, la más grande es la caridad» (v. 13).
Ciertamente, cada uno de nosotros querría rendir cuentas a nuestro Padre tras haber multiplicado sus talentos y, en consecuencia, recibir su elogio y recompensa. Pero, ¿qué hacemos si no descubrimos gran talento en nosotros, si no tenemos ninguna inteligencia ni habilidad especial, ningún carisma brillante, etc.?
¡No importa! ¡Simplemente le ofrecemos a Dios el mejor talento! Intentamos hacerlo todo por amor a Él: cada gesto, por pequeño que sea; y luego nos entregamos a nosotros mismos.
¿Cómo lo tomará el Señor? Solo podemos imaginárnoslo: ¡lo recibirá como oro indestructible en el arca de su tesoro, para deleite de nuestro Padre celestial!
Este es el vídeo que contiene las palabras de Jesús que hoy hemos meditado:
