«Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).
Escribo esta meditación el 15 de agosto y, en este día, no quiero ni puedo pasar por alto a nuestra amada Virgen María sin pensar en ella y dedicarle unas palabras.
¿Cómo se habrá fijado nuestro Padre, con una mirada llena de amor, en aquella a la que eligió para que fuera la Madre de su Hijo? Una virgen santa y pura que, como sabemos gracias a la doctrina de la Iglesia, fue preservada de la mancha del pecado original. Es decir, se asemejaba a la condición de Eva en el Paraíso.
Sin duda, la mirada de nuestro Padre se posaba con gran ternura sobre María. A diferencia de Eva, que se dejó seducir por el diablo en forma de serpiente e incurrió en desobediencia, María respondió con profundo amor al anuncio que el Padre celestial le transmitió a través del arcángel Gabriel.
Gracias a ese sencillo «sí» de la Virgen a la voluntad de Dios, nuestro Padre pudo hacer realidad el plan de salvación que había concebido en su infinito amor. ¡Un «sí» de importancia infinita! Un «sí» en representación de todos nosotros, que hemos perdido el Paraíso como consecuencia de la desobediencia. Gracias a él, Dios pudo enviarnos al «nuevo Adán» que expiaría la culpa del primer Adán: nuestro Señor Jesucristo.
¿Y María? Ella permaneció fiel a la voluntad de Dios, incluso en medio del gran sufrimiento, hasta la Cruz de su Hijo. Una y otra vez repitió este «sí», como hija amorosa y obediente del Padre celestial.
