Fil 1,21-30
Para mí, el vivir es Cristo, y el morir una ganancia. Pero si vivir en la carne me supone trabajar con fruto, entonces no sé qué escoger. Me siento apremiado por los dos extremos: el deseo que tengo de morir para estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor, o permanecer en la carne, que es más necesario para vosotros. A la vista de esto último, estoy persuadido de que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para vuestro provecho y gozo de la fe; para que conmigo, con ocasión de mi presencia de nuevo entre vosotros, aumente vuestro orgullo de ser de Cristo Jesús. Sólo importa una cosa: que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo, para que, tanto si voy a veros como si estoy ausente, sepa que estáis firmes en un solo Espíritu, luchando unánimes por la fe del Evangelio, y sin dejaros intimidar en nada por los adversarios: lo que para ellos es señal de perdición, para vosotros, en cambio, es señal de salvación. Todo esto viene de Dios. Porque a vosotros os ha sido concedida la gracia por Cristo, no sólo para que creáis en él, sino también para que padezcáis por él, sosteniendo el mismo combate que visteis en mí, y del que ahora os hablo.
El Apóstol percibe que se acerca el momento de su partida hacia la eternidad. Conoce bien las persecuciones a las que se enfrenta por predicar el Evangelio y sabe que le esperan aún más. De hecho, tuvo que sufrirlas desde el momento de su conversión, ya que para algunos judíos resultaba insoportable que precisamente él, conocido por ser un ferviente defensor de la Ley, se hubiera convertido, en su opinión, en un peligroso traidor y agitador. Pero los pregoneros del Evangelio deben estar dispuestos a asumir tales cruces. Y esto no solo se aplicaba a aquella época, sino que ha sido así a lo largo de toda la historia de la misión hasta la actualidad.
Al comienzo del pasaje de hoy, escuchamos esta frase tan significativa: «Para mí, el vivir es Cristo, y el morir una ganancia.» Pablo tiene la conciencia tranquila. ¡Su vida es el Señor! No busca nada más y, por eso, considera la muerte como una ganancia. Para él, morir significa volver a casa, estar para siempre con su amado Señor, haber completado su ministerio. Si pudiera elegir, ¿por qué habría de permanecer en la tierra? ¡Cuánto mejor sería estar con Cristo!
Una vez más, se nos permite echar un vistazo al corazón del Apóstol, inflamado de amor. Él ama a su comunidad. Si su presencia aún puede ser útil, si con su ministerio puede seguir fortaleciendo a los hermanos y ganando más personas para el Evangelio, entonces está dispuesto a esperar y a continuar soportando las penurias de la vida terrenal.
Pablo exhorta a los suyos a llevar una vida digna del Evangelio. El testimonio de sus palabras debe coincidir con el testimonio de sus vidas. Esto no sólo es coherente y confiere todo su esplendor al anuncio del Evangelio, sino que es una deuda que tenemos con las personas a las que queremos llegar. ¿Cómo podrán asimilar el mensaje de la fe, si nuestro testimonio de vida habla otro idioma? ¿No se sentirán confundidas?
San Pablo desea ver a la comunidad unida en el Espíritu. ¡Esta unanimidad es necesaria para la lucha común por el Evangelio!
Con estas palabras, el Apóstol nos recuerda que, como fieles, estamos inmersos en un combate del que siempre debemos ser conscientes. Mientras estemos en la tierra, seguirá siendo así, día tras día. Por lo general, no se trata de una lucha desesperada por sobrevivir, sino de un estado de máxima vigilancia para no desviarnos del camino en pos de Cristo y para mantener el orden espiritual necesario para avanzar.
San Pablo exhorta a la comunidad de Filipos a ser valiente y no dejarse intimidar por nada. Esta exhortación se repite una y otra vez en la Sagrada Escritura. La actitud de intrepidez no es contraria a la prudencia necesaria para lidiar con los poderes del mal y con quienes están vinculados a ellos. Sin embargo, sí es contraria al desánimo. Quien haya seguido la serie de meditaciones sobre Santa Juana de Arco, recordará cuán valiente se mostró en la batalla gracias al don de fortaleza que actuaba en ella. San Pablo se refiere precisamente a este don del Espíritu Santo, que incluso puede impresionar a los adversarios. ¡Ojalá saquen las conclusiones correctas para no sucumbir a la perdición!
Por un lado, podemos pedirle a Dios esta valentía, pero, por otro, también debemos entrenarnos en ella y no evadir las situaciones o confrontaciones incómodas. Sin duda, a veces es prudente sustraerse, pero no por una actitud de autoprotección temerosa, que nos priva de la fuerza necesaria para asumir nuestro lugar en la lucha por el Evangelio.
La valentía y el espíritu de fortaleza también deben ir acompañados del valor para sufrir. No podemos enrolarnos en el combate creyendo que no resultaremos heridos. Juana de Arco fue herida dos veces y siguió luchando. En el pasaje de hoy, san Pablo habla incluso de la gracia que nos hace capaces de padecer por Cristo.
Sin duda, se trata de una lección difícil en la vida espiritual. Es normal y comprensible que no queramos sufrir. En lo más profundo, sigue resultándonos ajeno, pues no fuimos creados para el sufrimiento, sino que éste vino al mundo como consecuencia del pecado. Pero, ya que esta es la realidad, debemos aprender a afrontarlo con el Espíritu de Jesús. Si unimos nuestro sufrimiento al suyo y lo sobrellevamos por amor a Él, entonces se convertirá en una gran gracia, y el Señor nos lo recompensará en el tiempo y en la eternidad. El Apóstol lo sabe. Por eso, desea guiar hacia esta actitud y comprensión a aquellos que le han sido confiados.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/vencer-la-avaricia-2/
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/si-alguien-te-hace-dano-2/
