Santa Juana de Arco: “Un plan diabólico: Juana es trasladada a Rouen”  

Con la captura de Juana, pronto quedó claro lo que los ingleses pretendían con ella. Juana no era simplemente una importante prisionera de guerra, sino su enemiga más temible, ya que con su intervención había llegado a su fin la supremacía inglesa en la guerra contra Francia. Sabían muy bien cuál era la causa de sus derrotas. La interpretación que hicieron fue que Juana era una bruja y que, por la influencia del diablo, había logrado provocar este giro en su contra.

Con la derrota de Juana en París —como se interpretó en todas partes—, sus adversarios creyeron que había perdido su aura de invencibilidad. Su captura en Compiègne no hizo más que confirmarlo. A cambio de una elevada suma de dinero, los borgoñones la entregaron al rey inglés. Así se cumplió lo que Juana había temido: ahora estaba en manos de sus enemigos.

De inmediato quedó claro cuál era la intención de los ingleses. No les bastaba con tratarla como prisionera de guerra, sino que querían que un tribunal eclesiástico la condenara como bruja. Con ello, pretendían poner en duda la autoridad del rey francés. Si la Iglesia la condenaba como bruja y hereje, todas sus hazañas, incluida la coronación del rey y las victorias de los franceses, se habrían llevado a cabo con la ayuda del diablo. Así que se pusieron manos a la obra para hacer realidad este maligno plan. Sin embargo, necesitaban para ello la colaboración de la Iglesia, ya que solo un tribunal eclesiástico podía condenar a Juana como bruja y hereje.

Encontraron clérigos dispuestos a servir a este plan, ya fuera porque estaban del lado de los ingleses o porque sentían rechazo hacia los fenómenos sobrenaturales que rodeaban a la Doncella de Orléans. Entre ellos, destaca especialmente una figura eclesiástica: el obispo Cauchon de Beauvais. Desde hacía tiempo mantenía contacto con los ingleses. Cuando la ciudad de Beauvais se puso del lado del rey de Francia, huyó a Rouen, que seguía estando bajo dominio inglés.

El obispo Cauchon se convirtió en el principal impulsor del proceso eclesiástico contra Juana de Arco, dirigiéndolo y llevándolo adelante. Ya sea que lo hizo porque creía que era lo correcto o porque ambicionaba hacer carrera (se dice que especulaba con ser nombrado arzobispo de Rouen), dejemos ese juicio en manos de Dios.

Lo que se puede afirmar a ciencia cierta es que en el juicio contra Juana se produjeron graves violaciones de la ley y que se amenazó a aquellos miembros del tribunal que hablaban bien de ella, entre muchos otros abusos. El obispo Cauchon estaba al servicio del rey de Inglaterra, quien financió el proceso contra Juana de Arco. Justificó su pretensión de convertirse en acusador de Juana alegando que el territorio donde había sido capturada pertenecía a su antigua diócesis de Beauvais. Así obtuvo el consentimiento de las autoridades eclesiásticas de Rouen.

Cuando empecemos a estudiar el proceso contra Juana y nos horroricemos al ver cómo la jerarquía eclesiástica, siguiendo un plan preestablecido por los ingleses, colaboró con sus intenciones políticas, debemos tener presente lo que sucedió en el juicio contra Jesús. También aquí vemos una nefasta cooperación entre la autoridad religiosa y el poder estatal, aunque, en este caso, fueron los líderes religiosos quienes impulsaron su condena a muerte.

¿Qué motivó a los jueces elegidos por el obispo Cauchon a proceder contra Juana como veremos con más detalle en las próximas meditaciones? En todo caso, participaron en la condena de una persona santa e inocente, entregándola a la humillación de una muerte en la hoguera, despojándola de su honor y acusándola de apóstata y bruja. Con tal sentencia, también se pretendía arrojar una sombra sobre la gran obra que Dios había realizado a través de la Doncella de Orléans. En este sentido, este juicio injusto también supuso un grave ataque al honor de la Iglesia y una ofensa a la gloria de Dios. Y ellos, que eran considerados hombres honorables de la Iglesia, se convirtieron en cómplices del mal.

Podría objetarse que no todos los que participaron en el proceso eran conscientes de ello y que, quizá, la mayoría actuó de buena fe. Puede que sea así, si tenemos en cuenta que incluso durante su crucifixión, el Hijo de Dios exclamó: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). San Pedro sugiere lo mismo cuando, tras señalar claramente la injusticia que los judíos cometieron contra Jesús, afirma: «Ahora bien, hermanos, sé que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes» (Hch 3,17). Sin embargo, hay que considerar el asunto desde un punto de vista espiritual y objetivo.

Con este proceso, los ingleses llevaron a cabo un plan diabólico y encontraron cómplices entre el clero. Para comprender la gravedad y la oscuridad de lo que estaba a punto de suceder, hay que tener presente que Juana de Arco actuaba por orden de Dios y que obedecía concretamente las instrucciones del arcángel San Miguel y sus santas. Además, su testimonio personal de santidad, atestiguado por muchas personas, estaba fuera de duda. Así pues, los jueces se enfrentaban a una santa que no hacía otra cosa que cumplir la voluntad de Dios. La intención de condenarla como bruja y, con esta sentencia, facilitar que fuera quemada públicamente en la plaza del mercado de Rouen es, sin duda, una obra del diablo en colaboración con personas que, en su mayoría, estaban cegadas y engañadas.

Desde un punto de vista objetivo, el proceso contra la Doncella de Orléans y su muerte humillante constituyen un delito cruel y terrible, al igual que la crucifixión de Jesús en Jerusalén. Solo la bondad y la misericordia de Dios pueden valerse de un acto tan vil para su plan de salvación.

Ahora, la Doncella se dirige hacia este vergonzoso proceso. Si durante su cautiverio en manos de los borgoñones había sido tratada con cierta indulgencia, su situación cambiaría cuando los ingleses, tras haberla comprado, la trasladaran a Rouen, el lugar que les parecía más seguro y donde el rey inglés tenía su principal residencia en Francia.

Descargar PDF