Parte XII: La armadura espiritual

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Tras las once meditaciones previas de esta serie, ciertamente nos ha quedado claro que el Anticristo que ha de manifestarse en los Últimos Tiempos, antes de la Segunda Venida de Cristo, será una persona profundamente influenciada por Satanás. Pervirtiendo la unión hipostática del Hijo de Dios, que tomó naturaleza humana sin perder la divina, el Anticristo incurrirá en una especie de «unión pseudomística» con Lucifer. Soloviov hace alusión a ello en el “Breve relato sobre el Anticristo”, que resumí en la tercera parte de esta serie (https://es.elijamission.net/parte-iii-el-anticristo-conforme-al-relato-de-soloviov/).

Dado que así será, la resistencia contra el Anticristo tendrá que darse principalmente en el plano espiritual. Quiero destacar que no debemos esperar hasta haberlo identificado para empezar a intensificar esta lucha. Debemos estar alerta desde ya, porque el espíritu anticristiano siempre se manifiesta en el mundo y, en la actualidad, actúa con particular intensidad. Si tuviéramos que experimentar el dominio concreto del Anticristo, debemos estar preparados y haber asumido ya el lugar que el Señor asigna a «sus llamados, elegidos y fieles» en el ejército del Cordero (cf. Ap 17,14).

Para ello, conviene detenerse a meditar este pasaje de la Carta de San Pablo a los Efesios, en el que nos deja claro que la lucha se dirige, en primer lugar, contra «las potestades, las dominaciones de este mundo de tinieblas y contra los espíritus malignos». Dice así:

«Reconfortaos en el Señor y en la fuerza de su poder, revestíos con la armadura de Dios para que podáis resistir las insidias del diablo, porque no es nuestra lucha contra la sangre o la carne, sino contra los principados, las potestades, las dominaciones de este mundo de tinieblas, y contra los espíritus malignos que están en los aires. Por eso, poneos la armadura de Dios para que podáis resistir en el día malo y, tras vencer en todo, permanezcáis firmes. Así pues, estad firmes, ceñidos en la cintura con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia y calzados los pies, prontos para proclamar el Evangelio de la paz; tomando en todo momento el escudo de la fe, con el que podáis apagar los dardos encendidos del Maligno. Recibid también el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios, mediante oraciones y súplicas, orando en todo tiempo movidos por el Espíritu, vigilando además con toda constancia y súplica por todos los santos» (Ef 6,10-18).

A los fieles se nos recuerda esta dimensión de la batalla espiritual para que nos armemos. Es imposible salir victoriosos en esta batalla sin el auxilio de Dios. ¡Afirmar lo contrario sería presunción! Esta lucha, que es contra un enemigo invisible, es de carácter espiritual y, por tanto, debe librarse con armas espirituales.

En primer lugar, el pasaje de Efesios nos dice: «Reconfortaos en el Señor y en la fuerza de su poder». A través de la unión íntima con el Señor en el camino de seguimiento, crece en nosotros la fuerza de Dios. Y su fuerza y su poder nos capacitan para resistir contra estos espíritus.

«Ceñirnos con la verdad» significa vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, seguir a su Hijo, y también ser sinceros con nosotros mismos y con los demás. Practicar la verdadera justicia es una «coraza» que nos protegerá de los dardos del Maligno.

En esta batalla, también estamos llamados a tomar la iniciativa. Es decir, no solo se trata de defendernos, sino que también podemos atacar el reino del Mal en el Espíritu de Dios. Esto sucede cuando anunciamos el Evangelio, porque si las personas escuchan la Buena Nueva y la aceptan, el Señor arrebata las almas del dominio de las tinieblas. Con cada persona que experimenta una verdadera conversión, el reino del Mal se debilita. Esta es una razón más por la que es tan importante difundir el Evangelio.

Emplear el «escudo de la fe» significa aferrarnos a Dios y a todo lo que Él nos ha encomendado como verdad. Este «escudo» nos protege de los malos pensamientos que nos atacan como flechas envenenadas (por ejemplo, pensamientos contra la fe, dudas intensas, etc.).

Si empuñamos la «espada de la Palabra de Dios», que separa la verdad de la mentira y es luz en nuestras sendas oscuras (cf. Sal 119, 105), entonces las tinieblas de los ángeles caídos tendrán que ceder.

Vemos, pues, que Dios se vale incluso de la enemistad del Maligno para el bien de sus fieles, que están llamados a resistir y a afianzarse así en la fe. Es más, a través de los suyos, el Señor vence los poderes del mal en la Tierra, pues el Reino de Dios ha de expandirse, pero el diablo y sus secuaces lo combaten. ¡Así que tenemos el honor de luchar en el ejército de Dios! De nuestra parte están los ángeles fieles, los santos del cielo e incluso el ejército de las benditas almas del purgatorio. ¡Todos ellos intercederán por nosotros!

La oración constante y perseverante nos prepara para salir victoriosos en Cristo. ¡Solo en Él está la victoria! El Señor ha triunfado sobre los poderes del mal, los ha derrotado de una vez por todas y no podrán seguir atormentándonos en la eternidad. Sin embargo, mientras dure nuestra peregrinación por este mundo, nos rodearán y atacarán como leones rugientes, tal y como nos advierte san Pedro en su Epístola (cf. 1Pe 5,8).

El Señor prepara a los suyos de muchas maneras para que puedan resistir incluso en los tiempos del régimen global y del terror del Anticristo. No deberíamos centrarnos demasiado en todo lo que el «Hijo de la Perdición» pueda hacerle a la humanidad durante su dominio. Lo esencial es permanecer unidos al Señor y no apartarnos ni un ápice de la verdadera fe, sin dejarnos seducir ni por el espíritu maligno que actúa en el mundo ni por el espíritu anticristiano que se ha infiltrado en la Iglesia.

Con la meditación de mañana, concluiremos la serie sobre la amenaza anticristiana y cómo afrontarla.