Parte XI: Otras formas de resistencia espiritual

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Quien tenga ojos para ver, sin duda podrá constatar hasta qué punto un «espíritu distinto» está ejerciendo influencia en la jerarquía eclesiástica y, en consecuencia, también en los fieles que confían en su guía. Por muy bueno que sea que las ovejas sigan a sus pastores, la obediencia experimenta un abuso cuando estos ya no guían al rebaño por el camino que Dios les ha trazado. Por desgracia, esto es precisamente lo que está sucediendo en puntos cruciales.

Una primera forma de ofrecer resistencia espiritual —que en ningún caso va dirigida personalmente contra los pastores descarriados, sino contra las falsas doctrinas y los espíritus malignos que están detrás— consiste en aferrarse firmemente a la doctrina tradicional de la Iglesia. Esto significa no aceptar ni dejarse influir por las novedades modernistas. Para ello, es necesaria la vigilancia, ya que el espíritu del relativismo no comenzó a difundirse en la Iglesia desde el pontificado de Francisco, sino que lleva décadas actuando y se ha intensificado tras el Concilio Vaticano II, alcanzando un nivel insoportable después del pontificado de Benedicto XVI.

En la meditación de ayer, recalcamos que la enseñanza moral católica no ha cambiado ni cambiará jamás en el corazón de la Iglesia. Solo hay intentos de adaptarla a una mentalidad modernista, con el fin de armonizarla mejor con la realidad política actual, lo cual supone un gran perjuicio para la Iglesia y el mundo. Tal pretensión lleva a la ruina de la Iglesia, porque la debilita desde dentro y la sal se vuelve sosa. Y lleva a la ruina del mundo, porque éste se ve privado de la voz que lo corrige y ya no tiene que enfrentarse al llamado a la conversión por parte de la Iglesia, ya que, entretanto, ella a menudo habla y actúa según la manera del mundo.

Echemos un vistazo a otras cuestiones fundamentales para la resistencia espiritual:

¡La misión de la Iglesia no ha cambiado! El mandato de anunciar el evangelio a todos los hombres sigue vigente (cf. Mt 28,19-20), porque nadie podrá salvarse sin Nuestro Señor Jesucristo. «Nadie va al Padre si no es por mí» (Jn 14,6). Todo diálogo y ecumenismo será auténtico solo en la medida en que obedezca a este mandato misionero del Señor. La meta de la misión no puede ser que el musulmán sea un mejor musulmán y el hindú, un mejor hindú, sino que todos han de encontrarse con el Dios que envió a su propio Hijo al mundo para salvarlos (cf. Jn 3,16). ¡Esto no podrá cambiarlo nadie, ni el Papa, ni un obispo, ni criatura alguna!

Quien se mantenga firme en esto ofrecerá una resistencia activa contra los poderes de la confusión que quieren distorsionar el mandato misionero de Jesús a la Iglesia, para integrarla en una asociación religiosa general y privarla así de su carácter necesario para la salvación. 

En Efesios 6, san Pablo nos describe la armadura de Dios (cf. Ef 6,11-18). Una de las «armas de ataque» es el anuncio del Evangelio, ya que así se le arrebata al Maligno su poder sobre las almas y se proclama la victoria del Señor.

¡El camino de la santidad no ha cambiado! En primer lugar, se trata de acoger el amor de Dios y corresponder a él, de entrar en una relación íntima con el Señor y cultivarla. Para ello, Dios nos ha dado su palabra, la oración, los sacramentos y muchos otros medios.

El amor de Dios está en primer lugar, y de él brota el auténtico amor al prójimo. Es esencial que tengamos en cuenta esta jerarquía. De hecho, el amor de Dios es también el contenido más importante de la evangelización, pues se trata de la salvación de las almas, que aguardan la Redención y han de encontrarse con el amor de nuestro Padre. ¡Todos los demás temas han de subordinarse! No es la mejora del mundo lo que debe ocupar el primer lugar en el anuncio de la Iglesia, sino el amor de Dios manifestado en Nuestro Señor Jesucristo.

«Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos» –dice el Señor (Jn 17,26).

Quien, viviendo en estado de gracia, preserve cuidadosamente la sana doctrina y la enseñanza moral de la Iglesia, sirva al mandato misionero tal y como Jesús se lo encomendó a los apóstoles y aspire a la santidad, ya está equipado con una armadura estable para resistir a las fuerzas anticristianas y no dejarse enceguecer.

A esto se suman ciertas oraciones que no deberían descuidarse y que serán de gran ayuda: Entre ellas, la Liturgia de las Horas y la participación en la Santa Misa en la medida de lo posible, la confesión regular, el rezo diario del Santo Rosario, la oración a san Miguel Arcángel, la práctica de la oración del corazón, la lectura de la Sagrada Escritura y de otra literatura espiritual provechosa, la escucha de prédicas, conferencias y retiros, la práctica de las obras de misericordia espirituales y corporales, etc.

Por tanto, tenemos a nuestra disposición suficientes medios para cultivar la fe y consolidarnos en Cristo. Esta es la parte que nosotros podemos hacer para cooperar con la gracia y la protección que Dios nos concede.

En las dos últimas meditaciones de esta serie, hablaremos un poco más sobre el combate espiritual que todos debemos librar y compartiremos algunas reflexiones conclusivas sobre el tema de la influencia anticristiana.