En este maravilloso tiempo que se extiende entre la Resurrección del Señor, su Ascensión al Cielo y el descenso del Espíritu Santo, queremos profundizar en el tema de la Iglesia. Sin duda, durante esos cuarenta días el Señor preparó intensamente a sus discípulos para lo que les sobrevendría, les hizo partícipes de sus planes salvíficos –en la medida en que ellos podían comprenderlos en aquel momento– y les trazó el camino a seguir. Una de sus indicaciones esenciales queda patente en el siguiente pasaje del Evangelio:
Jn 21,15-19
Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dijo: “Apacienta mis corderos”. Volvió a preguntarle por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dijo: “Pastorea mis ovejas”. Le preguntó por tercera vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: “¿Me quieres?”, y le respondió: “Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero”. Le dijo Jesús: “Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo y te ibas adonde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará adonde no quieras” -esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: “Sígueme”.
En este pasaje, vemos que el Señor Resucitado le dio a Pedro la oportunidad de demostrarle su amor, después de que lo hubiera negado tres veces. Pedro amaba a Jesús y lo había dejado todo para seguirle (cf. Mt 19,27). Incluso quería dar su vida por Él (Jn 13, 17). Sin embargo, lo negó tres veces, tal y como el Señor había predicho (Lc 22,55-62). En ese momento, el miedo a la muerte era aún demasiado fuerte para Pedro. Todavía no había sido fortalecido por el descenso del Espíritu Santo como para resistir a esa dura tentación.
Como vemos en el Evangelio, el Señor trata a Pedro con gran delicadeza. En sus palabras no hay ningún tono de reproche ni de acusación, pero Jesús quiere escuchar tres veces de boca de su discípulo que le ama, pues también fueron tres veces las que Pedro le había negado en la oscuridad del miedo tras la captura del Señor.
La primera vez, el Señor le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?».
Así pues, le pregunta si Pedro le ama más que los demás. Aquí vemos lo que el Señor espera de aquellos a quienes llama a ese ministerio que, a lo largo de la historia de la Iglesia, se ha manifestado como el ministerio por excelencia: el ministerio petrino. Su amor debe ser fuerte, ya que será designado pastor supremo de la Iglesia, pastor del Cuerpo Místico de Cristo. Pedro y sus sucesores deben hablar y actuar en Nombre de Jesús y recibirán una gran autoridad para ejercer su misión.
La clave para poder cumplir este encargo es el amor al Señor. Este amor debe ser el impulso para ejercer el ministerio de pastor con los corderos y las ovejas. Todo lo demás viene por añadidura. De hecho, Jesús no le pregunta a Pedro: «¿Puedes hacerlo con tus propias fuerzas?», «¿Eres lo suficientemente inteligente?» o «¿Reúnes todas las cualidades humanas?». No, simplemente le pregunta: «¿Me amas?».
Pedro ha sido llamado. No ha elegido él mismo esta tarea, sino que se cumple en él la palabra del Señor: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16).
Después de que Pedro confesara por tercera vez su amor al Señor, este le confió la maravillosa misión: «Apacienta mis ovejas».
Se trata del servicio del pastor, y Pedro tendrá que aprender cada vez más lo que significa. Jesús mismo es el Buen Pastor (Jn 10,11), el modelo a seguir para todos aquellos a quienes ha llamado a tal ministerio. Dios es el Pastor de la humanidad: Él da su vida por las ovejas. Así, queda claro cuáles son los requisitos fundamentales para ejercer este ministerio en el Reino de Dios conforme a su Espíritu: un gran amor por Dios y por las almas confiadas a su cuidado.
«Apacienta mis ovejas».
El ministerio de Pedro, a quien reconocemos como el primer Papa de la Iglesia, consiste principalmente en el cuidado espiritual del rebaño que se le ha encomendado. Las ovejas deben ser alimentadas con la Palabra de Dios, transmitida sin adulteraciones. El Pastor supremo debe velar para que así suceda. De hecho, desde el principio de la historia de la Iglesia surgieron falsas doctrinas que los apóstoles tuvieron que rechazar. La doctrina recta era y sigue siendo indispensable para que el Cuerpo de Cristo, su Iglesia, que en ese entonces apenas comenzaba a crecer, no fuera envenenado. Por tanto, la condena inequívoca de las herejías es imprescindible y forma parte del ministerio petrino con carácter de urgencia. Si esto no sucede, a la larga tiene consecuencias devastadoras para los fieles. Se empaña la luz del Espíritu Santo y también se debilita la capacidad del entendimiento humano para captar la verdad sobrenatural y ser iluminado por ella.
A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado muy en serio esta tarea. Hace pocos días, el 2 de mayo, celebramos la fiesta de san Atanasio, que luchó toda su vida contra la propagación del arrianismo. Gracias a Dios, su lucha no fue en vano y la herejía fue desterrada.
Mañana continuaremos con este tema.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/claridad-en-la-doctrina-claridad-en-el-camino-2/
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/producir-abundante-fruto-2/

