Novena en honor a Dios Padre – Día 4: “Dios, nuestro Padre”

Si contemplamos el amor que Dios nos tiene y nos percatamos de su inmensidad, podríamos preguntarnos qué es lo que Él quiere de nosotros y cuál es la actitud que debemos tener frente a Él. La respuesta es inequívoca: Dios quiere que respondamos a su amor, y Jesús nos da a entender en qué consiste primordialmente esta respuesta: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Jn 14,15).

Dios aprecia de manera especial nuestra confianza, y siempre trata de conquistarla. Por la caída en el pecado original, la confianza en Dios quedó enormemente afectada. En vez de vivir en una relación confiada con nuestro Padre, hemos comenzado a tener miedo de Él, como consecuencia del pecado.

Ya en el paraíso, la serpiente sedujo al hombre, creando una falsa imagen de Dios. La serpiente quiso dejarnos la impresión de que el Padre nos priva de algo tan importante como es el conocimiento del bien y del mal (cf. Gen 3,5). Satanás sigue trabajando con este mismo esquema a lo largo de todos los tiempos, para apartarnos de la confianza en nuestro Padre amoroso. Con tristeza hay que admitir que, en gran parte, ha logrado su objetivo.

¡Jesús, en cambio, nos presenta una imagen totalmente distinta del Padre! Dios quiere estar entre nosotros; se preocupa por nosotros; conoce cada una de nuestras sendas; quiere conducir todo hacia el bien; y a tal grado ama al mundo, que ha venido a nosotros a través de su Hijo, para ayudarnos a cargar el peso de esta vida, para abrirnos la puerta hacia la vida eterna y para acogernos como hijos, perdonando nuestros pecados a través de su propio Hijo.

Si leemos la Sagrada Escritura desde esta perspectiva, descubriremos en cada detalle la lucha de Dios por reconquistar nuestra confianza en Él. El Padre desea que confiemos en su amor infinito y en su misericordia. Quiere que acudamos a Él con todo lo que tenemos, y especialmente con lo oscuro que hay en nosotros, con nuestras debilidades y culpas.

Por supuesto que Dios quiere que abandonemos los caminos del pecado; que trabajemos con constancia en la superación de nuestras debilidades; que renovemos y profundicemos una y otra vez nuestra intención de servirle. Pero todo ello debe suceder en el ambiente de una amorosa familiaridad espiritual y en una profunda confianza hacia Dios y hacia todos los Suyos.

Nuestro Padre está esperando que nos entreguemos a Él por completo y que en todo confiemos en Él, pues sólo Dios es capaz de revertirlo todo en favor de nuestra salvación. Y esta confianza no ha de ser solamente teórica; sino que debe marcar toda nuestra vida, convirtiéndose en nuestra seguridad fundamental.

¡Y eso no es todo aún! La confianza en Dios glorifica al Padre y corresponde a la vocación de nuestra existencia. ¡Dios es el amor incondicional! Y aunque podamos rechazarlo al abusar de nuestra libertad, no por eso Él dejará de amarnos. Constantemente nos está invitando a la conversión; nos llama a volver como el hijo pródigo a los brazos de su Padre (cf. Lc 15,11-24). Y a los que ya emprendieron el camino en pos de Cristo, los invita a crecer en el amor.

Para Dios es un enorme regalo nuestra confianza en Él. ¡Podemos estar seguros de que le agrada sobremanera!

Y la confianza no es unilateral; sino que también Dios confía en nosotros. Él nos regala a su Hijo, le entrega a la Iglesia los sacramentos y el tesoro de la evangelización, nos permite participar en la construcción de su Reino en este mundo, a pesar de todas nuestras limitaciones y debilidades… Él nos confía el milagro de la procreación, donde surgen nuevas vidas humanas; nos da el conocimiento sobre tantos misterios de su creación… Y, más aún: nos confía su propio amor y nos confiere poder sobre su corazón a través de nuestro amor.


Harpa Dei acompaña musicalmente las meditaciones que a diario ofrece el Hno. Elías, su director espiritual. Éstas se basan normalmente en las lecturas bíblicas de cada día; o bien tratan algún otro tema de espiritualidad.
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