- Adoramus te Christe et benedicimus tibi (Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos)
- Quia per Crucem tuam redemisti mundum (Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo).
Jesús, el inocente, se encuentra frente a Pilato. Un juez terrenal, el representante de Roma, ha de juzgar al Hijo de Dios.
Los jefes de su propio pueblo son sus acusadores. Aquellos que debían guiar al pueblo escogido y prepararlo para la venida del Mesías, no le reconocieron porque no conocían al Padre (Jn 8,19). Jesús se lo había dicho claramente.
La acusación más grave contra Jesús es la de haber blasfemado contra Dios. Él, que nos dio a conocer al Padre, Él, que reposa en su seno, Él, que cumplió su voluntad en todo y fue acreditado por incontables signos y milagros, es acusado de esta terrible transgresión. No le reconocieron porque no conocían al Padre.
No le dejan ninguna salida. Sus acusadores quieren verlo muerto. Prefieren que un salteador sea liberado en lugar de Jesús. Pilato quiere salvarlo de sus adversarios, pero ellos no muestran piedad. Pilato termina cediendo. No quiere perder el favor del emperador.
En Getsemaní, antes de ser apresado, Jesús ya había luchado contra el miedo al sufrimiento que le esperaba y había dado su «sí» a la voluntad del Padre. Allí, en Getsemaní, Jesús aceptó el amargo cáliz de su Pasión, que el Padre le brindaba. ¡Ahora está dispuesto a beberlo!
Jesús carga sobre sí todos los pecados de la humanidad. Él, el inocente condenado a muerte, asume la culpa de aquellos que han contraído deudas con Dios y con los hombres.
No queda mucho por decir. Los oídos se han cerrado a Jesús; los corazones se han endurecido.
En el camino hacia el Calvario, Jesús calla.
Oración: “Señor, concédenos clemente la salvación y la paz, para que tu Iglesia, tras haber superado todos los obstáculos y errores, te sirva en plena libertad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.”
Padre Nuestro, Ave María y Gloria