Verdadera justicia

1Jn 2,29 – 3,6 (Lectura del Novus Ordo)

Si sabéis que él es justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de él. Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. 

Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro. Todo el que comete pecado quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley. Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no le ha visto ni conocido.

Dios es el justo, el santo… Imitarlo a Él es cumplir su Voluntad y vivir conforme a ella, tanto en el pensar como en el actuar. La justicia abarca también el comportamiento correcto hacia el prójimo; el respeto ante lo que le corresponde.

Si actuamos así, podemos esperar haber nacido de Dios y vivir como hijos suyos en este mundo, cumpliendo así nuestra vocación. Para vivir de acuerdo a esta noble vocación, es necesario sumergirnos una y otra vez en el amor de nuestro Padre. De Él recibimos la fuerza para corresponder a nuestro llamado como cristianos. Hemos de dar cabida en nosotros al Espíritu Santo, que ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rom 5,5), para que Él pueda modelarnos a imagen de Cristo. Para ello, debemos seguir sus mociones y su guía.

Una forma de sumergirse en el amor del Padre es meditar con gratitud sus obras, que la Sagrada Escritura nos presenta una y otra vez. En efecto, sus obras dan testimonio de su bondad y de su gloria, de su incansable preocupación por los hombres, hasta el punto de enviar a su propio Hijo (cf. Jn 3,16) y todo lo que Él hizo por nosotros.

Las meditaciones sobre el Nacimiento de Cristo, que escuchamos a lo largo de la Octava de Navidad, son una invitación a abandonarnos totalmente en el Dios que nos ama, como canta un villancico alemán muy conocido: “En su amor quiero sumergirme del todo; mi corazón quiero regalarle, y todo lo que tengo, darle”.

Si nos abandonamos en Dios, si estamos dispuestos a entregarle nuestro corazón por completo, permitiendo que Él lo purifique de todo lo que nos impide amarlo sin reservas, estamos practicando la justicia para con Dios. Al mismo tiempo, también somos justos con las personas, porque ellas han de encontrarse con alguien que viva como hijo de Dios, que esté lleno de su amor y dé testimonio de Él de palabra y obras.

Practicar la justicia significa, pues, imitar a Dios, quien se entregó por nosotros y no puso límites a su amor. Imitar a Dios significa dar testimonio de Él, así como Él dio testimonio de sí mismo. Imitar a Dios y practicar la justicia significa para nosotros, los católicos, dar a conocer al Señor a los hombres, cumpliendo así su encargo de llevar el Evangelio al mundo entero. Si lo omitimos, no estaremos practicando justicia ni con Dios ni con los hombres. Dejar a un lado la misión o debilitarla sería una gran injusticia frente a los hombres y frente a Dios, que quiere que todos se salven (cf. 1Tim 2,4).

Para crecer en el amor de Dios y cobrar mayor conciencia de él, también es muy provechoso reconocer las obras que Él realiza en nuestra propia vida, para adquirir así un corazón agradecido. Un corazón agradecido descubre por doquier el amor de nuestro Padre, y así puede abandonarse cada vez más en él. Sabemos lo gratificante que escuando las personas son agradecidas. ¡Todo el ambiente se transforma para bien! Por el otro lado, sabemos también cuán difícil es tratar con personas malagradecidas, que siempre están en postura de acusación.

La lectura de hoy nos recuerda que el mundo no reconoce a los hijos de Dios, porque no ha conocido a Dios. Entonces, no debemos contar con que los cristianos seamos siempre y en todas partes bien recibidos. Antes bien, hemos de estar conscientes de que, si nos mantenemos firmes en nuestra fe y no transigimos con el espíritu del mundo, a menudo no se reconocerá nuestra identidad más profunda, de manera que incluso podemos sufrir rechazo y persecución.

Así, es tanto más consoladora la certeza de que Dios sí nos conoce y que lo que nos espera es aún más maravilloso: “Aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Quien tiene esta esperanza en él se purifica, porque él es puro.»

También San Pablo nos asegura: “Ahora vemos con opacidad, como a través de un espejo, pero en aquel día veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero en aquel día conoceré tal y como soy conocido” (1Cor 13,12). Sólo cuando lleguemos a esta visión de Dios en la eternidad, se manifestará nuestra más profunda y plena identidad. Entonces, seremos reconocidos en Él y a su luz se hará visible toda nuestra dignidad como personas.

Esta perspectiva puede ayudarnos cuando constatamos que muchas veces no se nos entiende correctamente y se nos juzga. ¡Dios sí nos conoce; Él conoce nuestro corazón y su juicio es el que cuenta!

Quedémonos con la palabra escrita al final de este texto: que debemos permanecer en el Señor y así evitar el pecado con toda nuestra vigilancia y todas nuestras fuerzas, porque el pecado es quebrantamiento de la ley y contradice la justicia en el más alto grado. Se nos encomienda la lucha contra el pecado, y así podremos servir a la justicia. En esta lucha podemos contar con la misericordia de Dios.

Esta sabia frase de Santo Tomás de Aquino nos da orientación: “Justicia sin misericordia es crueldad; pero misericordia sin justicia es la madre de toda desintegración.” (Summa Theologiae I, q. 21, a. 3 ad 2.) En efecto, la misericordia no abole la justicia; antes bien, es la plenitud de la justicia.

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