Una vida según el Espíritu

Meditaremos hoy la lectura del XV Domingo después de Pentecostés, según el calendario tradicional.

Gal 5,25-26; 6,1-10

Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu. No seamos ambiciosos de vanagloria, provocándonos unos a otros, envidiándonos recíprocamente. Hermanos, si a alguien se le sorprendiera en alguna falta, vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, fijándote en ti mismo, no vaya a ser que tú también seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo. Porque si alguno se imagina que es algo, sin ser nada, se engaña a sí mismo. Que cada uno examine su propia conducta, y entonces podrá gloriarse solamente en sí mismo y no en otro; porque cada uno tendrá que llevar su propia carga. Que el discípulo comparta toda clase de bienes con el que le instruye. No os engañéis: de Dios nadie se burla. Porque lo que uno siembre, eso recogerá: el que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción; y el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará la vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, porque si perseveramos, a su tiempo recogeremos el fruto. Por tanto, mientras disponemos de tiempo hagamos el bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe.

Vivir según el Espíritu significa obedecer su guía y vencer las «obras de la carne» (Gál 5,19), como las denomina san Pablo. Se trata de una labor constante, porque escuchar al Espíritu Santo y seguir sus indicaciones requiere pasos concretos y cotidianos en el seguimiento de Cristo, unidos a la disposición para dejarse moldear y formar por el Espíritu de Dios.

Las obras de la carne brotan de nuestra naturaleza humana. Dado que ésta ha quedado debilitada por el pecado original y, por lo tanto, está inclinada al mal, tal y como enseña el Catecismo, es necesaria una lucha constante. Ya en las primeras líneas de la lectura de hoy se hace alusión a este ineludible combate. Si no lo afrontamos, fácilmente nos dejamos llevar por las inclinaciones de nuestra naturaleza y nos convertimos así en una carga para los demás y para nosotros mismos.

«No seamos ambiciosos de vanagloria, provocándonos unos a otros, envidiándonos recíprocamente».

Es importante reconocer nuestras malas inclinaciones y no pasarlas por alto. Una de ellas es la ambición de vanagloria, mencionada por san Pablo en la lectura de hoy. Esta puede llevarnos a una competencia malsana con otras personas y da cabida a la envidia, que es tan fea como destructiva.

La envidia puede llegar incluso a envenenar todo nuestro interior. Por eso, tan pronto como la identifiquemos en nosotros, hemos de llevarla ante el Señor en la oración, distanciarnos conscientemente de ella y realizar actos contrarios. Podemos contrarrestarla, por ejemplo, orando por esa persona contra quien se dirigía la envidia y dando gracias a Dios por los dones que le ha concedido. Al mismo tiempo, hemos de pedirle al Señor un corazón nuevo que encuentre la verdadera paz y se regocije con los dones de los demás. Puede tratarse de un largo proceso que exige una y otra vez nuestra determinación de querer cambiar. Con la gracia de Dios, poco a poco nuestro corazón se irá transformando y desintoxicando.

También la corrección fraterna que aborda San Pablo en el pasaje de hoy requiere la guía del Espíritu Santo. El hombre dominado por el pecado debe ser levantado de nuevo y no se le debe desalentar con un trato demasiado severo. Además, Dios observa con gran precisión cuando alguien trata sin piedad al hermano debilitado por el pecado, y puede permitir que quien reprende con excesiva dureza experimente una tentación que ponga de manifiesto sus propias debilidades.

San Pablo exhorta a la comunidad de Galacia a que cada uno asuma la responsabilidad de sus actos. Dios nos ha confiado mucho. La gran dicha de nuestra vida es poder conocerle y el amor por Él nos impulsa a servirle. Así, entramos en la «escuela del amor de Dios», por así decirlo, en la que el Señor se muestra como un maestro insuperable. Pero todo maestro desea que sus discípulos asimilen y pongan en práctica lo que les enseña. Lo mismo sucede con nuestro Padre celestial.

El Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, es nuestro Maestro interior y nos moldea a imagen de Cristo. Por eso es tan importante que le obedezcamos y nos dejemos formar por Él. En cooperación con Él —lo que, en primer lugar, siempre implica escucharle y seguir sus mociones—, nuestra vida glorificará a Dios y será fecunda para su Reino. Para ello, es fundamental que trabajemos en nuestro interior, que nos esforcemos por superar nuestras inclinaciones negativas y que practiquemos las obras de misericordia. En todo ello, debemos ser siempre conscientes de que nuestro tiempo en la Tierra es limitado y debemos aprovecharlo al máximo.

______________________________________________________

Meditación sobre el evangelio del día en el Novus Ordo: https://es.elijamission.net/la-correccion-fraterna-3/

Descargar PDF