«Los santos te ayudarán y te servirán» (Palabra interior).
Para nosotros, que intentamos seguir y servir a Cristo, estas promesas son importantes. Los santos son nuestros amigos más entrañables en este camino, pues ellos ya han alcanzado la perfección en el amor a Dios y al prójimo. ¿Cómo podrían negarse a acudir en ayuda de aquellos que aún están de camino, que no han alcanzado la meta y que están tan necesitados de su apoyo? ¿Cómo podrían desviar la mirada mientras sus amigos siguen peregrinando hacia su patria eterna?
No hay nada extraño en ello. Al igual que el Señor sirvió a sus discípulos, los santos se apresuran a servirnos a nosotros, que somos sus hermanos. Sin duda, podemos y debemos considerarlos como modelo, venerarlos y darles las gracias por haber completado su carrera con la gracia de Dios. Sin embargo, en lugar de crear distancia, tal veneración nos otorga una cercanía especial y una profunda familiaridad en el Señor. Nuestro Padre celestial los ha puesto a nuestro lado y, cuanto más tratemos con ellos, más se hará realidad la comunión de los santos.
Lo importante es entender que, al igual que los santos ángeles, ellos nos sirven, ya que estamos unidos en una meta común: que la gloria de Dios se refleje en nuestras vidas. De ahí proviene su gran fervor, que de ningún modo se agota una vez que han llegado a la eternidad junto a Dios. Por tanto, no debemos tener reparo alguno en pedirles su asistencia. Al contrario, ¡solo están esperando que lo hagamos! Del mismo modo que nosotros nos alegramos cuando hemos podido ayudar a alguien, los santos se alegran cuando pueden servirnos, y lo hacen con una actitud totalmente pura y desinteresada.
Así que no olvidemos que los santos no solo están ahí para que los admiremos, sino para cooperar con ellos en el Reino de Dios. ¡Esa es su alegría!
