Fieles a la Tradición

Escucharemos hoy la lectura del XI Domingo después de Pentecostés, según el calendario tradicional.

1Cor 15,1-10

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que recibisteis, en el que os mantenéis firmes, y por el cual sois salvados, si lo guardáis tal como os lo anuncié. ¡Y si no, habéis creído en vano! Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía y algunos ya han muerto. Luego se apareció a Santiago, y después a todos los apóstoles. Y en último lugar, como a un abortivo, se me apareció también a mí. Porque soy el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, ya que perseguí a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que se me dio no resultó inútil; al contrario, he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.

El Apóstol nos recuerda la importancia de permanecer fieles a la fe que nos ha sido transmitida. No se trata en absoluto de una rigidez inconmovible, como quizá piensen algunos que prefieren las interpretaciones modernistas o que incluso pretenden considerar los textos bíblicos como productos de su época. El peligro de esta corriente es evidente: si dejamos de partir de la certeza inquebrantable de que Dios nos ha revelado la verdad, que puede comprenderse cada vez más profundamente, pero nunca cambiar, terminaremos cayendo en las redes del relativismo. En consecuencia, corremos el riesgo de dejar de comprender e interpretar nuestra realidad actual a la luz de la Palabra de Dios y, en su lugar, aplicar al Evangelio una visión determinada por la época presente. Las consecuencias son devastadoras, como podemos constatar en la situación actual de la Iglesia.

Como católicos, vivimos de la tradición que ha sido fielmente custodiada a lo largo de los siglos y que ponemos en práctica en nuestro tiempo. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, aprendemos a expresarla cada vez mejor con el fin de transmitir el mensaje del Evangelio a nuestros contemporáneos. ¡Solo el Evangelio no adulterado produce el fruto previsto por Dios! Incluso las pequeñas modificaciones que contradicen su espíritu ponen en peligro la fe. No en vano, el Señor nos dijo que «ni una jota de la Ley» quedará sin cumplirse (cf. Mt 5,18), y san Juan nos advierte en el Apocalipsis:

«Yo doy testimonio a todo el que oiga las palabras proféticas de este libro. Si alguien añade algo a ellas, Dios enviará sobre él las plagas descritas en este libro. Y si alguien quita alguna de las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la vida y en la ciudad santa que se han descrito en este libro» (Ap 22,18-19).

En este contexto, cabe recordar que, cuando el diablo tentó a Jesús en el desierto, incluso citó las Sagradas Escrituras para incitarle a realizar actos contrarios a la voluntad de Dios. Por tanto, debemos estar muy vigilantes.

Si se infiltra en nuestra mente una falsa luz, es decir, una falsa doctrina o incluso la más mínima apertura que conduzca a ella, se producirá ya un primer nivel de ceguera, pues la luz sobrenatural de Dios ya no podría penetrar sin obstáculos en el alma y el entendimiento se vería parcialmente oscurecido. Así se comprende bien que san Pablo insista en que hay que permanecer firmes en el Evangelio «tal como os lo prediqué».

A continuación, el Apóstol resume una vez más los puntos fundamentales de la predicación del Evangelio y luego pasa a hablar de sí mismo. Pablo nunca olvidó que, en su momento, él mismo había perseguido a la Iglesia de Dios y que su encuentro con el Señor fue una gracia inmerecida. Su pasado se convirtió en una advertencia saludable que, evidentemente, le impulsó a esforzarse aún más que los demás, aunque, como él mismo añade, fue la gracia de Dios la que obró tan abundantemente en y a través de él.

Estas palabras pueden suponer un consuelo y un estímulo, especialmente para aquellos entre nosotros que, antes de su conversión, atentaron contra Dios o le fueron indiferentes. El Señor perdonó a Pablo y lo puso a su servicio. El Apóstol de los Gentiles respondió con toda su existencia. Sus culpas habían sido perdonadas y su recuerdo no le paralizó, como podemos constatar a lo largo de toda su vida. Es posible que incluso le impulsaran una y otra vez a acelerar los pasos necesarios para entregarse sin reservas a la voluntad de Dios.

En este undécimo Domingo después de Pentecostés, guardemos lo siguiente: permanezcamos fieles a nuestra fe católica sin por ello caer en una rigidez malsana. Abandonémonos a la gracia y a la misericordia del Señor, de modo que incluso un pasado alejado de Dios pueda convertirse, mediante su gracia, en una vida fructífera al servicio del Señor. ¡El amado apóstol san Pablo es un maravilloso ejemplo de ello!

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Meditación sobre la lectura del día en el Novus Ordo: https://es.elijamission.net/carta-a-los-romanos-rom-91-5-el-celo-de-pablo-por-el-pueblo-de-israel/

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