“REALIZAR LAS OBRAS DE DIOS”   

«Aún debes esperar un poco y seguir realizando tus obras. ¡Yo soy tu recompensa!» (Palabra interior).

Nuestra vida en la Tierra es breve, y aprovecharla tanto para este tiempo como para la eternidad es la mayor sabiduría. En el fondo, muchas personas anhelan descubrir y cumplir su misión en este mundo. Si aún no han tenido un encuentro con Dios, el cumplimiento de sus deberes de estado les ayudará a desenvolverse de manera productiva dentro del orden natural. Sin embargo, la perspectiva cambia cuando conocemos a Dios. Entonces comprendemos que el orden natural también procede de Dios y que podemos agradarle y honrarle al cumplir cuidadosamente nuestras obligaciones en este plano.

No obstante, la perspectiva puede ampliarse aún más cuando entendemos nuestro servicio en la vida cotidiana como una contribución a la edificación del Reino de Dios en la Tierra. De este modo, empezamos a hacerlo todo más conscientemente para la gloria de Dios.

A medida que profundizamos en la fe y se consolida nuestra relación natural con Dios, crece nuestro anhelo de estar unidos a nuestro Padre en la eternidad. La frase de hoy quiere transmitirnos esto y caer en suelo fértil. Porque ahora ya no se trata solo de fijarnos en la realidad terrenal y servir fielmente a nuestro Padre aquí, sino que comprendemos que Él nos espera en la eternidad. El tiempo en este mundo es un tránsito que va unido a una misión concreta que Dios nos ha encomendado: «Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer las obras buenas que Dios había preparado para que las practicáramos» (Ef 2,10).

Así pues, la invitación que se nos dirige consiste en vivir con la mirada puesta en la eternidad y en espera de la plenitud mientras realizamos las obras que nos han sido encomendadas. La recompensa, que sin duda llegará, es Dios mismo. La cercanía de nuestro Padre, en comunión con todos aquellos que le aman, será nuestra dicha insuperable. ¡Eso es lo que esperamos!