Las cartas de San Ignacio

En el calendario tradicional, se celebra hoy la fiesta de San Ignacio de Antioquía. Si alguien prefiere una meditación que corresponda al calendario actual, puede encontrarla en este enlace: http://es.elijamission.net/2022/02/03/

De acuerdo con la tradición de la Iglesia, San Ignacio de Antioquía fue discípulo de los apóstoles Pedro y Juan. Más adelante fue nombrado obispo de Antioquía, la capital siria. Murió mártir, y desde los primeros tiempos fue venerado como santo en la Iglesia. Él se llamaba a sí mismo siempre con este nombre: Teóforo (θεοφόρος), que quiere decir “portador de Dios”.

Según Orígenes, Eusebio y Jerónimo, San Ignacio habría sido el tercer obispo de Antioquía, si se cuenta al apóstol Pedro como primero y a su sucesor Evodio como el segundo. Lo cierto es que fue obispo y que fue condenado a muerte bajo el emperador Trajano. En su viaje de Antioquía a Roma, Ignacio escribió las siete cartas que han sido preservadas hasta nuestro tiempo y que son consideradas como una joya de la fe cristiana primitiva y de profunda piedad.

En la meditación de hoy, reflexionaremos sobre algunos extractos de este tesoro de la Iglesia. La primera cita que escucharemos está tomada del capítulo 15 de la carta de San Ignacio de Antioquía a los Efesios:

“Más vale callar y ser que hablar y no ser. Está bien enseñar, si aquél que habla hace. No hay, pues, más que un solo maestro, aquél que ‘habló y todo fue hecho’ y las cosas que hizo en el silencio son dignas de su Padre. Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su silencio, a fin de ser perfecto, a fin de obrar por su palabra y hacerse conocido por su silencio. Nada es oculto al Señor, sino que hasta nuestros mismos secretos están cerca de Él. Hagamos, pues, todo como aquellos en quienes Él habita, a fin de que seamos sus templos, y que Él sea en nosotros nuestro Dios, como en efecto lo es, y se manifestará ante nuestro rostro si lo amamos justamente.”

El silencio tiene un gran valor. No se trata de callar por miedo a las personas o por inseguridad, lo cual llevaría más bien a la mudez. Antes bien, se trata de un silencio que brota de reposar en el Señor y de estar conscientes del significado de la palabra. El exceso de palabras puede provocar la muerte del espíritu, mientras que lo que verdaderamente cuenta y es esencial no puede realizarse.

Pensemos en las iglesias: ¡Qué valiosas son cuando nos ofrecen un espacio de silencio y de adoración! ¡Cuán destructiva es, en cambio, la cháchara innecesaria y mundana, que nos impide escuchar la voz del Señor! En efecto, Dios quiere comunicársenos en el silencio y a través de nuestra atenta escucha, de modo que también nuestras palabras adquieran un nuevo valor y fuerza.

¡Cuán importante es tener buenos maestros, que nos transmiten la Palabra de Dios y nos enseñan cómo vivirla! Ellos son más valiosos que el oro. Recordemos estas palabras del Señor: “Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre” (Mt 13,43).

Si queremos glorificar a Dios y servir a los hombres, es indispensable que haya coherencia entre lo que enseñamos y lo que hacemos. En inglés existe la expresión “Walk your talk”, que significa: “Pon en práctica lo que dices”.

Todo aquel que ha recibido el don de instruir, debe estar consciente de la gran responsabilidad que asume y de la importancia de su ejemplo. Lo entenderá si se fija en Jesús mismo: Él no sólo anunció la palabra, sino que glorificó a Dios con todo su ser y con todas sus obras.

Escuchemos otro pasaje de una carta de San Ignacio, esta vez dirigida a los romanos (Capítulo 6):

“Los confines más alejados del universo no me servirán de nada, ni tampoco los reinos de este mundo. Es bueno para mí el morir (cf. 1Cor 9,15) por Jesucristo, más bien que reinar sobre los extremos más alejados de la tierra. A Aquél busco, que murió en lugar nuestro; a Aquél deseo, que resucitó por amor a nosotros. Los dolores de un nuevo nacimiento están sobre mí. Tened paciencia conmigo, hermanos. No me impidáis el vivir; no deseéis mi muerte. No entreguéis al mundo a uno que desea ser de Dios, ni le seduzcáis con cosas terrenales. Permitidme recibir la luz pura. Cuando llegue allí, entonces seré un hombre. Permitidme ser un imitador de la pasión de mi Dios. Si alguno le tiene a Él consigo, que entienda lo que deseo y que sufra conmigo, porque conoce mi aflicción (cf. Fil 1,23).”

Estas palabras expresan el anhelo de San Ignacio por el martirio. Deseaba tanto asemejarse a su Señor que realmente anhelaba morir como Él. Parece que incluso temía un poco que los suyos podrían impedirle sufrir una muerte tal.

Esta actitud sólo puede explicarse por el espíritu de fortaleza que actuaba intensamente en él, porque el anhelo de sufrir las torturas del martirio para asemejarse al Señor es algo que supera nuestra capacidad y nuestro propio deseo de agradar a Dios.

Pero también nosotros necesitamos el espíritu de fortaleza para permanecer fieles al testimonio de la fe en nuestro tiempo. Ciertamente San Ignacio de Antioquía está dispuesto a interceder por nosotros para que, así como él no huyó de los leones que desgarrarían su cuerpo, nosotros no huyamos de los “leones” que “rondan buscando a quién devorar” (1Pe 5,8), sino que les ofrezcamos resistencia con la fuerza del Señor.

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