“El autoengaño (III)”        

En lo que respecta al autoengaño, ya hemos señalado que se trata de un estado peligroso que, además, puede hacernos más propensos a caer en los engaños presentes en el mundo y en la Iglesia. Antes de profundizar en ello mañana, me gustaría explicar primero qué otras circunstancias pueden propiciar que caigamos en un autoengaño.

Debemos tener en cuenta que, en no pocos casos, la ceguera frente a uno mismo también está condicionada por heridas emocionales. Por ejemplo, una persona a la que su padre haya corregido con excesiva severidad o incluso maltratado físicamente por cada falta cometida, tendrá más dificultades para reconocer a Dios como un Padre amoroso ante el que pueda abrirse sin temor y confesarle sinceramente sus errores y pecados.

En este caso, será necesario atravesar primero un proceso de sanación interior, pues es posible que se haya generado una resistencia frente a Dios como bondadoso Padre debido a las heridas no sanadas en el inconsciente. Hay demasiadas experiencias negativas no superadas que se oponen a la certeza esencial de la bondad de Dios. Tampoco se puede descartar que tales bloqueos interiores dificulten el acceso a la fe cristiana en algunas personas, que podrían inclinarse con mayor facilidad hacia otros sistemas religiosos.

Sin embargo, es sumamente importante conocer a nuestro amoroso Padre tal y como es en verdad y vivir en una relación de confianza con Él para poder superar nuestras malas inclinaciones, las tinieblas de nuestro corazón y cualquier forma de apego a nosotros mismos, presentándolas abiertamente ante Dios. Asimismo, es importante superar los bloqueos provocados por las heridas no sanadas. En estos casos, resulta de gran ayuda llevar perseverantemente esas heridas interiores ante Dios en la oración, pidiéndole que las toque con su Espíritu Santo. Sumergirse en el amor de Cristo y permanecer en su presencia silenciosa ante el Santísimo, que calienta el alma como un sol, puede aliviar el dolor de estas heridas e incluso sanarlas por completo con el paso del tiempo. Cuando esto sucede, los bloqueos se disuelven y se facilita un acceso libre y abierto a Dios. Así, también se allana el camino para confiarle a Dios nuestros propios pecados y faltas, y vamos despertando a la realidad. En este contexto, es importante destacar que, aunque con nuestro entendimiento y nuestra fe ya aceptemos que un Padre amoroso vela por nosotros y que podemos confiarnos a Él sin reservas, en lo más profundo de nuestro ser puede haber una resistencia que aún no hemos superado. Es necesario que esa oscuridad sea tocada por la luz de Dios.

Es posible que, en cierto modo, ya percibamos débilmente esta resistencia contra Dios, pero todo sigue envuelto en una especie de «niebla». No obstante, sigue suponiendo un obstáculo en nuestro interior que nos impide lanzarnos a los brazos de nuestro Padre y mantener la relación de amor y confianza que se merece.

Una vez más, la clave será el Espíritu Santo. A Él hemos de confiarle nuestras profundidades inconscientes, de las que puede surgir esa resistencia, ya sea debido a heridas interiores o simplemente porque nos negamos a vernos tal y como Dios nos ve y nos hemos encerrado en nuestra propia imagen ilusoria de nosotros mismos.

Está claro que esto requiere una decisión por nuestra parte y que nuestra voluntad, con la ayuda de Dios, quiera deshacerse conscientemente de todo aquello que impide una relación viva y realista con nuestro Padre. Incluso en medio de la ceguera, podemos clamar al Señor y pedirle que nos abra los ojos, tal y como exclama el salmista: «¿Quién conoce sus propias faltas? Absuélveme de lo que se me oculta» (Sal 18,13).

Si le pedimos sinceramente al Espíritu Santo, Él responderá a nuestra súplica y nos sacará con delicadeza —en la medida en que seamos capaces de sobrellevarlo— de nuestro cautiverio interior, infundiendo en nosotros palabras de vida, siempre y cuando lo queramos y lo permitamos.

Soy consciente de que, con estas consideraciones, estoy abordando un ámbito que, en general, no es muy conocido. Sin embargo, puede resultar importante para la sanación y liberación de la persona. Suelo llamar a este tema «evangelización de las profundidades» y me gustaría tratarlo más a fondo en otra ocasión. Por hoy, me limito a mencionarlo brevemente, puesto que se trata de una dimensión capaz de repercutir negativamente en el autoengaño.

Si, por la gracia de Dios y en el Espíritu Santo, experimentamos una liberación del autoengaño —que también puede ser parcial y afectar especialmente a determinados ámbitos—, entonces también nos volvemos muy vigilantes ante todo tipo de engaños que se nos presenten desde fuera. A la luz del Espíritu Santo, reconoceremos con mayor claridad cualquier desviación o relativización de la verdad, pues Él nos ha abierto los ojos. Nos ha dado ojos que ven y oídos que oyen (cf. Mt 13,16). Así, nos resultará más fácil identificar los engaños, los fingimientos y todo tipo de ideas ilusorias. En este sentido, superar el autoengaño también es importante para aprender el discernimiento de los espíritus. En algunos ejemplos que veremos en las próximas meditaciones, podremos constatar cuán importante es esto.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/el-amor-de-dios-nos-corteja-3/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/el-crecimiento-en-la-fe-3/

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