«Cada hora en la que el veneno de las falsas doctrinas y prácticas se sigue difundiendo sin ser identificado, intoxica el Cuerpo Místico del Señor» (Palabra interior).
La verdad, que es Dios mismo y que Él ha confiado a su Iglesia, es un bien inestimable que debe preservarse con sumo cuidado y amor. Por eso es tan importante dar un testimonio auténtico de la verdad. Toda mentira y toda falsa doctrina envenenan el Cuerpo del Señor. Es necesario identificarlas y erradicarlas. Conocemos la declaración de Jesús ante Pilato: «Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37b).
¿Qué sucedería si las personas ya no escucharan la verdad íntegra por parte de la Iglesia? ¿No les resultaría entonces difícil reconocer al Señor y a su Iglesia? ¿No les estaríamos obstaculizando el camino en lugar de servirles de guía? ¿Qué ocurre cuando el relativismo y el «aliento del dragón» eclipsan la belleza de la liturgia, empañan la claridad de la doctrina y reducen la lucha por la santidad a un mero compromiso social? ¿Hacia dónde fluye entonces el río de agua viva que brota del Trono de Dios y del Cordero (cf. Ap 22,1)?
Sin duda, nuestro Padre Celestial estableció la Iglesia como refugio de la verdad y la adornó con maravillosos dones. Estos dones nos han sido confiados para la gloria de Dios y la salvación de las almas. Por amor a Dios y a los hombres, mantengámonos fieles a la vocación de ser «sal de la tierra» y «luz del mundo», tal y como Jesús nos encomienda (Mt 5,13-14). Cualquier desviación de la verdad o relativización de la moral enferma a la Iglesia y abre la puerta a los demonios. Solo podrá alcanzar la sanación y la liberación si escucha al Espíritu Santo y se deja guiar por él, que no permitirá ninguna falsa doctrina ni práctica.
