«Señor, Dios mío, a ti, sólo a ti debe pertenecer mi corazón. Tú eres mi paz y mi vida, Tú eres mi salvación. Sólo a ti quiero buscarte, cautivado únicamente por ti, para ser tuyo de forma irrevocable»(San Pedro Claver).
Esta es la oración de entrega de un gran santo que, con una fidelidad inquebrantable, se ocupó de las necesidades espirituales y de los inimaginables sufrimientos físicos de los esclavos africanos en Cartagena (escucharemos más sobre su historia en la meditación diaria del 9 de septiembre).
Lleno de profunda piedad, san Pedro Claver pudo desempeñar su heroico servicio hasta el final de su vida fecunda.
A través de esta oración, podemos comprender hasta qué punto su corazón estaba enfocado en nuestro Padre. En efecto, si nuestro corazón le pertenece a Dios, no anhelamos nada más que cumplir plenamente su voluntad. Nuestro Padre atrajo hacia sí el corazón de san Pedro Claver y lo llenó por completo de sí mismo, tal y como el santo le había implorado. Este le concedió a nuestro Padre plena disponibilidad sobre su vida, por así decirlo, pues Dios era su paz y su salvación, el único a quien buscaba y por quien se dejó cautivar.
Una oración llena de anhelo como la que hemos escuchado hoy tiene un gran efecto en la relación entre quien reza y nuestro Padre, que le ha inspirado esta entrega. Torrentes de gracia fluyen hacia el alma y la transforman. En consecuencia, se desprende cada vez más de todo lo que impide la entrega total y se convierte en un «alma ardiente». Impulsado por el Espíritu Santo, san Pedro Claver realizó obras maravillosas y fue un consuelo para los pobres africanos esclavizados.
También nosotros, que amamos al Señor —aunque aún no seamos capaces de orar con tanto ardor como san Pedro—, podemos pedirle a nuestro Padre que despierte en nosotros un amor ardiente y que nos haga capaces de servirle con todo nuestro corazón.
