“UNA MUERTE DULCE” 

«Aprende a vivir de tal manera que la hora de tu muerte te resulte dulce. Mantén tu corazón libre y siempre levantado hacia Dios, pues no posee aquí ciudad permanente»(Tomás de Kempis).

¡Una dulce hora de la muerte! ¡Qué perspectiva tan maravillosa! No puede significar otra cosa que esperar con alegría la muerte, o mejor dicho, el retorno al Padre Celestial.

De hecho, cuando tomamos conciencia de que día a día corremos al encuentro de nuestro Padre, que nos guía y nos acompaña en nuestra peregrinación por la Tierra, nuestro corazón se inflama cada vez más y nuestro anhelo de vivir en comunión con Él en la eternidad se vuelve más fuerte.

Ciertamente, aún tenemos una misión que cumplir. La mejor manera de hacerlo es mantener siempre la mirada fija en nuestro Padre, tal y como hizo Jesús, cumpliendo siempre su voluntad (Jn 14,31).

Tomás de Kempis, que nos legó la frase de hoy, nos recuerda que no tenemos aquí, en la Tierra, una morada permanente. Aunque este consejo nos resulta muy familiar, hace falta ponerlo en práctica de forma consciente. Nos ayudará a no acumular tesoros en la Tierra, sino en el Cielo (cf. Mt 6,19-20); a aprovechar bien el tiempo presente, como nos recomienda el Apóstol de los Gentiles (Ef 5, 16), a no preocuparnos por las cosas del mundo más allá de lo estrictamente necesario. Así, el corazón permanece levantado hacia Dios, que nos espera en la eternidad para hacernos partícipes de todo lo que su amor ha dispuesto para nosotros.

El autor de «La imitación de Cristo» nos ofrece otra breve reflexión para nuestro camino:

«¡Cuán feliz y prudente es el que vive de tal modo, cual desea le halle Dios en la hora de la muerte!».

Quien actúe así, esperará con alegría su última hora y se acercará a ella con gran confianza.