Una de las cosas más bellas en este mundo es cuando las personas se esfuerzan por hacer felices a los demás. Ciertamente, todos lo hemos experimentado, sobre todo cuando ese gesto está exento en gran medida de interés propio y marcado por el olvido de uno mismo.
Sin embargo, lo más bello es cuando vivimos para la alegría de Dios, cuando le hemos confiado toda nuestra vida al Padre Celestial, sencillamente porque le amamos y respondemos a su amor. Así, comienza ya aquí, en la Tierra, una cierta bienaventuranza, porque, más allá de nosotros mismos, nuestra vida apunta hacia Aquel que es nuestra alegría y para cuya alegría vivimos.
Desde el principio del Mensaje a sor Eugenia Ravasio, nuestro Padre celestial nos hace entender en qué consiste su alegría: «Mi alegría está en ser conocido y amado por mis hijos; es decir, por toda la humanidad, presente y futura».
¡Con cuánta sencillez y claridad lo expresa!
Nuestro Padre desea que los hombres entren en la relación para la cual los ha creado: la comunión con Él, que constituye el fundamento de una verdadera comunión con todos los hombres. Si esto sucede, llega a la vida esa armonía que tantas personas anhelan.
En realidad, es muy sencillo. Ciertamente, no está en nuestras manos lograr que todas las personas conozcan y amen a Dios, pero sí podemos hacerlo por nuestra parte: reconocerle, honrarle y amarle.
También podemos dar testimonio, con nuestras palabras y obras, de que tenemos un Padre lleno de amor, e invitar a las personas a conocerlo. Así acrecentaremos la alegría del Padre, porque trabajaremos de su mano para congregar a sus hijos y conducirlos hacia donde reina la verdadera alegría: la alegría de Dios, nuestra alegría, la alegría de toda la Creación.
