«Es un delito perturbar la paz allí donde reina la verdad. Es un delito permanecer en paz allí donde se destruye la verdad. Por tanto, la verdad es la medida y el fin último de las cosas» (Blaise Pascal).
Con su importante afirmación, que nunca debemos olvidar ni relativizar, nuestro Señor nos dio a entender: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre si no es a través de mí» (Jn 14,6). Estas palabras nos vivifican y nos mueven a orientarlo todo en base a la verdad y a anunciar a Aquel que es la Verdad misma. Si bien es cierto que podemos aplicar la cita de Blaise Pascal a muchas situaciones, tiene un significado y una fuerza especial en el contexto religioso en el que se enmarcan los «3 Minutos para Abbá».
La verdadera paz solo puede surgir sobre el fundamento de la verdad. Todos los hombres están llamados a someterse a ella. Cuando los hombres reconocen, honran y aman al Padre celestial, llega la verdadera paz. El Hijo de Dios nos ha abierto el camino hacia Él y nos libera del pecado y del error.
La verdadera paz no surgirá a nivel meramente humano. Tampoco se la podrá alcanzar mediante la cooperación entre las diversas religiones, pues estas carecen del conocimiento de Aquel que es la Verdad y que fue enviado por el Padre Celestial para la salvación de los hombres. Incluso existe el peligro de caer en el engaño de una «falsa paz» si se la obtiene sacrificando la verdad y sin superar los errores que empañan las otras religiones.
Nuestro Padre ha abierto de par en par las puertas de su corazón a todos los hombres y se nos ha revelado en Jesús. Dios quiere que todos lleguen al conocimiento de la verdad (1Tim 2,4). A nosotros nos corresponde velar por que esta verdad se transmita sin adulteraciones, sin permitir que los «falsos príncipes de la paz» la destruyan.
