“EL VERDADERO DESCANSO”

«Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29).

¡Cuán veraces son estas palabras del Señor!

«Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti», exclama san Agustín. Nuestra alma busca a Dios, aunque quizá no sea consciente de ello. Las cosas terrenales no pueden saciarla, pues no están destinadas a darle la plenitud, sino que son solo un regalo adicional de nuestro amoroso Padre.

Nuestra alma anhela algo más, pues ha sido creada para Dios y no hallará la verdadera paz hasta haberlo encontrado.

Jesús nos señala el camino hacia el verdadero descanso, ofreciéndose a sí mismo: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados» (Mtt 11,28). Si aceptamos su invitación, nuestro estado interior cambia. Su yugo es suave y su carga es ligera, como dice en el versículo siguiente (Mt 11,30). Si entramos en la obediencia a Dios, se abre ante nosotros el camino consciente de seguimiento del Señor. Nuestra alma se refrena y se somete gustosamente a las palabras de su Maestro. Así aprende la humildad.

El Maestro la trata con bondad y comprensión, pero sin dejar de exhortarla a abandonar los caminos perjudiciales e inútiles. Es un Maestro que primero se entregó a sí mismo antes de invitar a seguirlo. Con suma benignidad, toma y moldea el alma, y su humildad se abaja hasta nosotros. Durante un tiempo, Jesús dejó atrás la gloria del Cielo (Hb 2,9) para conducir las almas de vuelta a la casa del Padre.

¡Dichoso quien ha reconocido al Hijo de Dios y lo ha aceptado como su Señor y Maestro! Ya aquí, en la Tierra, su alma podrá experimentar aquel descanso que se completará en la vida eterna.