«El padre les dijo a sus siervos: ‘Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies» (Lc 15,22).
Hoy nos centramos en la figura del padre de la conmovedora parábola del «hijo pródigo» que Jesús nos relata. Dios está esperando a cada uno de sus hijos, sabiendo muy bien cuál es el camino correcto para ellos y anhelando que vuelvan a Él. Al ser un Padre divino, la fuente de todo amor y verdad, no cabe en Él ningún error en el que pueden caer los padres humanos. ¡Dios siempre nos espera! No hay momento alguno en el que escapemos de su amorosa mirada.
En nuestra parábola, el hijo pródigo regresa profundamente arrepentido a la casa de su padre. De la boca del padre no oímos ningún reproche, ninguna acusación por haber malgastado su herencia y descuidado su deber como hijo.
En él se expresa la alegría del Padre celestial. Para Él, es una fiesta que el hijo perdido retorne. Esta escena nos recuerda las palabras de Jesús: «Os digo que habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión» (Lc 15,7).
Con este gesto hacia el hijo pródigo, el Padre celestial nos revela su corazón: lo abraza con todo su amor y le hace comprender: «Ahora estás de vuelta en casa. ¡Que todo lo que te pesa quede atrás! Te acojo de nuevo como antes. Has regresado arrepentido, ¡y eso es una alegría para nosotros! ¡Ahora es tiempo de celebrar!».
¡Así es nuestro Padre! Y todo aquel que se convierta sinceramente será recibido por Él de esta manera. El Padre ya lo estaba esperando y sigue aguardando que muchos hijos más reconozcan y experimenten su amor.
