El ministerio petrino como signo de unidad

En la meditación de hoy, reflexionaremos sobre un último aspecto de la vocación de san Pedro, tras haber examinado algunos de los requisitos indispensables para ejercer un ministerio tan elevado. A lo largo de la historia de la Iglesia, hemos tenido papas extraordinarios, dignos sucesores de Pedro, pero también otros que apenas reunían las disposiciones interiores para desempeñar su ministerio de forma fructífera. No obstante, los católicos podemos afirmar con alegría que la «roca de Pedro» ha resistido las tormentas a lo largo de los siglos.

Después de que Pedro profesara que Jesús es el Mesías, el Señor le dirigió aquellas palabras que tan bien conocemos:

«Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16,18-19).

En esta promesa, Jesús expresó claramente su voluntad de dar a su Iglesia una cabeza visible, un vicario, una roca, alguien que fuera el primero entre sus hermanos. San Gregorio Magno, papa entre los años 590 y 604, fue un líder enérgico y, al mismo tiempo, se consideraba a sí mismo «siervo de los siervos de Dios» (Servus servorum Dei), basándose en el Evangelio (Mc 10,44). Los que le sucedieron en el ministerio petrino también adoptaron este título. Con su propio ejemplo, Jesús ya había mostrado cómo debía ejercerse este cargo: en su Espíritu.

En este espíritu de servicio, el Señor hizo partícipe a Pedro de su propia autoridad y le comunicó el poder de atar y desatar. Por tanto, recae una gran responsabilidad sobre el ministerio petrino, que debe ejercerse con la actitud del Señor y bajo la guía del Espíritu Santo. Es importante comprender que la autoridad que Jesús confiere a Pedro y a sus sucesores consiste en un servicio a las almas. La Iglesia debe conducirlas hacia Dios y brindarles todas las ayudas necesarias para este camino. Sería un error interpretar esta autoridad como si se tratara del ejercicio de un poder terrenal.  

Aunque el ministerio petrino ha sufrido diversos ataques y ha tenido algunos representantes indignos, ha perdurado a lo largo del tiempo. Una razón fundamental para ello fue que, a fin de cuentas, se aferró a la doctrina transmitida por los apóstoles. Así, a pesar de la conducta indebida de algunos ministros, la verdad no sufrió oscurecimiento alguno. Se trata de un gran signo que no puede entenderse sin el auxilio divino, ya que, desde el principio, muchas herejías amenazaron a la Iglesia desde dentro y la habrían destruido muy pronto si no hubiera sido por la ayuda de Dios.

Así pues, podemos considerar el ministerio petrino como un sabio regalo de Dios para la Iglesia, destinado a preservar su unidad a lo largo de los siglos. Debemos aferrarnos a la convicción de que Dios quiso una sola Iglesia presidida por Pedro. Esto no es arbitrario ni se trata de defender una posición de poder especial. Al contrario, es la continuación de lo que Jesús quiso instituir en este mundo para la salvación de las almas.

La humanidad tiene una cabeza: Dios mismo, que es la fuente de toda verdadera unidad entre los hombres. Con la Encarnación del Hijo de Dios, esta cabeza se hizo visible y la Iglesia ha sido establecida para congregar a todos los hombres en Dios y prepararlos para la eternidad. En este sentido, al papa se le ha encomendado la tarea especial de hacer realidad este santo orden divino y servirle.

Por desgracia, la unidad visible de la Iglesia se ha perdido, lo cual es muy doloroso, puesto que debilita su testimonio ante el mundo. Sin entrar en detalles sobre las múltiples razones que llevaron al Gran Cisma de Oriente en el año 1054, es necesario señalar que esta herida sigue abierta hasta el día de hoy. Una y otra vez se han realizado intentos para superar esta división. Uno de los últimos fue el Concilio de Florencia, en el que los líderes de la Iglesia oriental, encabezados por el teólogo griego Besarión, se adhirieron a las verdades de fe de la Iglesia de Occidente. En 1439 se firmó un decreto de unión. La Iglesia de Occidente continuó el concilio hasta 1445 y decidió la unión con algunas iglesias orientales más pequeñas, como la armenia, la maronita, la caldea y la jacobita de Siria. Sin embargo, los esfuerzos por alcanzar un acuerdo con la Iglesia oriental en su totalidad fracasaron.

Uno de los puntos decisivos por los que aún no se ha logrado la reunificación es precisamente el ministerio petrino, que se considera el garante de la unidad. A diferencia del ejercicio del papado en la Iglesia católica, los representantes de la Iglesia ortodoxa oriental solo lo consideran una primacía de honor, sin atribuirle autoridad jurídica sobre la Iglesia universal.

Otro cisma de graves consecuencias se originó en Alemania en 1517, principalmente asociado a la figura de Martín Lutero. Asimismo, resulta inolvidable y dolorosa la ruptura del anglicanismo en 1534.

Todas las denominaciones cristianas de origen reciente tienen en común que no aceptan el ministerio petrino tal y como lo entiende la Iglesia católica ni reconocen la autoridad que se deriva de él. Además, se han apartado de la doctrina y praxis católicas en no pocos aspectos.

Por muy comprensible y justo que sea el deseo de superar las divisiones y separaciones para recuperar la unidad visible en Cristo, nunca se puede pasar por alto que esto solo puede lograrse sobre la base de la verdad que el Señor ha confiado a su Iglesia.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/la-autoridad-de-la-iglesia-2/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/amistad-con-jesus-3/

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