A nivel litúrgico, seguimos en el tiempo en el que el Señor Resucitado se manifiesta una y otra vez a sus discípulos para fortalecer su fe en la Resurrección y prepararlos para la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Podemos considerar el acontecimiento de Pentecostés como el día de fundación de la Iglesia, que, según nos enseña la fe, es el Cuerpo Místico de Cristo, edificada sobre el fundamento de los profetas y los apóstoles (Ef 2,20). La Iglesia es el «nuevo Israel» que ha creído en el Mesías prometido, que vino a redimir a su pueblo. Todos aquellos que reconocieron el tiempo de la salvación y aprovecharon la hora de la gracia se pusieron al servicio del Redentor y se convirtieron así en testigos de Cristo.
A partir de hoy nos quedan treinta días para llegar a la Solemnidad de Pentecostés y, durante este tiempo, me gustaría insertar algunas reflexiones sobre la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica, conformada por judíos y gentiles, y que, a lo largo de los siglos, ha sido llamada a llevar la gracia de la Redención de Cristo a los hombres como «Maestra de las naciones».
Dios puso en marcha una gran obra para conducir a la verdadera fe a personas de todos los pueblos, congregándolas en un solo Cuerpo y guiándolas a través del tiempo hacia su Patria eterna. Fue su Hijo quien, tras la Resurrección, encomendó a sus discípulos en Galilea la siguiente misión, tal y como relata el Evangelio:
«Jesús se acercó y les dijo: “Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”» (Mt 28,18-20).
Esta es la misión perenne de la Iglesia, que debe cumplirse fielmente hasta el fin del mundo. Hay que escuchar con mucha atención las palabras de Jesús para poder detectar las desviaciones y relativizaciones de su mandato misionero que, sobre todo en las últimas décadas, han empañado el testimonio de la Iglesia. Sobre esto tendremos que hablar en las próximas meditaciones, así como sobre las dolorosas separaciones que ha sufrido la Iglesia del Señor.
Pero, antes de abordar las distorsiones, debemos regocijarnos por el hecho de que el mensaje de Cristo se extendiera, a menudo en medio de persecuciones, y de que muchas personas encontraran la salvación. Más allá de las fronteras de Israel, donde Jesús había sido enviado (cf. Mt 15,24), el Evangelio llegó al mundo pagano. Así, la Iglesia se convirtió en Maestra de todas las naciones y llevó la luz de la salvación hasta los confines de la tierra, tal y como lo describe San Ireneo de Lyon en el siglo II:
«El camino de los que pertenecen a la Iglesia recorre el mundo entero, porque posee la firme tradición que viene de los apóstoles, y al verla nos ofrece una y la misma fe de todos, ya que todos obedecen a uno y el mismo Dios Padre, creen en una misma economía de la encarnación del Hijo de Dios, reconocen el mismo don del Espíritu, observan los mismos preceptos, guardan la misma forma de organización eclesial, esperan la misma parusía del Señor y la misma salvación de todo el hombre, es decir, del alma y del cuerpo. La predicación de la Iglesia es sólida y verdadera, y en ella se manifiesta uno y el mismo camino de salvación en todo el mundo. Ésta ha creído en la luz de Dios, y por eso la sabiduría de Dios, por medio de la cual él salva a los hombres, “llama en la esquina de las calles concurridas, a la entrada de las puertas de la ciudad pronuncia sus discursos” (Prov 1,21). Porque en todas partes la Iglesia predica la verdad, y es el candelabro de las siete lámparas (Ex 25,31.37) que porta la luz de Cristo» (Contra los herejes, Libro V, 20.1).
De este testimonio de San Ireneo podemos concluir, en pocas palabras, que reinaba la unidad en la doctrina y en la práctica de la Iglesia. Esto produjo gran fruto en todas partes. Aunque desde el principio la fe se vio amenazada por perniciosas herejías, prevaleció la tradición apostólica, de modo que el anuncio permaneció claro y sin ambigüedades. Era como el agua cristalina que mana del Trono del Cordero, tal y como describe el Libro del Apocalipsis: «Me mostró el río de agua de la vida, claro como un cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero» (Ap 22,1).
Tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles constatamos la hostilidad de los judíos contra Jesús y, posteriormente, contra aquellos que habían creído en Él. Así, persiguieron a los apóstoles e intentaron una y otra vez impedir que San Pablo, el Apóstol de los Gentiles, anunciara el mensaje del Evangelio. Por desgracia, con esta hostilidad llevaron adelante lo que ya habían hecho con Jesús. En lugar de que los judíos de aquella época, especialmente sus líderes religiosos, se regocijaran por la venida del Mesías —procedente de su propio pueblo— y se convirtieran en los primeros pregoneros del mensaje de salvación, «han llegado a ser enemigos por lo que se refiere al Evangelio», como expresa San Pablo (Rom 11,28). Por tanto, no pudieron cumplir su misión como pueblo elegido. No obstante, seguimos esperando y orando para que muchos judíos reconozcan a Jesús como el Mesías, lo que supondría una gran bendición para toda la humanidad (cf. Rom 11,15).
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Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/anunciad-el-evangelio-a-toda-creatura-2/

