« Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen» (Jn 10,14).
¡El Buen Pastor! ¡Qué comparación tan reconfortante, aunque hoy en día ya no es frecuente toparse con un pastor guiando a su rebaño! Sin embargo, esta imagen nos habla en lo más profundo. En nuestro interior, sabemos muy bien lo que significa el Buen Pastor: es aquel que nos cuida, que se preocupa por nuestra vida, que nunca nos pierde de vista, que nos advierte de los peligros y nos conduce a las verdes praderas, allí donde está nuestro verdadero hogar.
A nadie puede aplicarse mejor esta comparación que a Dios mismo, como es el caso de Jesús. Él, el Hijo de Dios, vino a la Tierra para buscar a sus ovejas y reunirlas de entre todas las naciones en un solo rebaño. Vino como luz del mundo para que también nosotros nos convirtiéramos en luz. Vino para liberarnos de las trampas que Satanás nos tiende para atarnos. Nos brinda el alimento que necesitamos para encontrar en esta vida terrenal el sustento divino que nos conducirá hasta la eternidad.
El Buen Pastor se nos da a conocer y se gana nuestra confianza. Nos da su Palabra, a través de la cual llegamos a familiarizarnos con su voz. En efecto, su Palabra tiene ese sabor inconfundible que anhela nuestra alma. El alma tiene sed de amor y de verdad. En el Buen Pastor, encuentra todo lo que necesita y busca. Así, también aprende a discernir. La mentira, el engaño y el error le causan disgusto. ¡No es esa la voz de su Pastor! Es otra voz la que le habla, por muy tentadora que pueda sonar.
El Buen Pastor nos ha guiado hacia su rebaño. Ahora le pertenecemos y Él nos conoce. También nos encontramos con otras ovejas de su rebaño. Junto a ellas, escuchamos la voz de nuestro Pastor y nos regocijamos en Él. Le amamos y le seguimos. Él nunca nos desviará del camino, pues el Buen Pastor da su vida por las ovejas (Jn 10,11).
Este es el vídeo que contiene las palabras de Jesús que hoy hemos meditado:

