El don de la fe

Tras el pasaje de la Epístola a los Filipenses que meditamos ayer, el Apóstol Pablo pasa a hablar con gran afecto de su colaborador Timoteo, a quien considera como un hijo en Cristo y a quien desea enviar a la comunidad de Filipos. Llama la atención la calidez de estos versículos (Fil 2,19-22), en los que se nos revela mucho del corazón del Apóstol. También tiene la intención de enviar a Epafrodito, que estuvo a punto de morir por el Evangelio. Sin embargo, se recuperó para alegría y consuelo de todos (vv. 25-27). En varios pasajes de la Epístola se percibe el anhelo de Pablo de visitar personalmente a la comunidad de Filipos (Fil 1,27; 4,1). «Confío en el Señor, que yo mismo pueda ir pronto» (Fil 2,24).

A continuación, el Apóstol vuelve a abordar algunos puntos para ayudar a la joven comunidad en su camino. En esta ocasión, se trata, en primer lugar, de una advertencia:

Fil 3,2-9

¡Cuidado con los perros! ¡Cuidado con los malos obreros! ¡Cuidado con los de la mutilación! Pues nosotros somos la circuncisión, los que servimos en el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús y no confiamos en la carne, aunque yo podría confiar en la carne. Si algún otro piensa que puede confiar en la carne, yo aún más: fui circuncidado al octavo día, soy del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo, hijo de hebreos, y, ante la Ley, fariseo; a causa del celo por ella, perseguidor de la Iglesia. En lo que se refiere a la justicia de la Ley, llegué a ser irreprochable. Sin embargo, cuanto era para mí ganancia, por Cristo lo considero como pérdida. Es más, considero que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él perdí todas las cosas, y las considero como basura con tal de ganar a Cristo y vivir en él, no por mi justicia, la que procede de la Ley, sino por la que viene de la fe en Cristo, justicia que procede de Dios, por la fe.

La joven comunidad se veía amenazada por peligros que provenían de diversos frentes. Los judíos solían referirse a los paganos como «perros». Sin embargo, la amenaza no provenía solo de ellos. También los cristianos judaizantes suponían una prueba para la comunidad de Filipos. Estos afirmaban que los nuevos discípulos también debían someterse a la Ley judía. Con ello, ponían en peligro la nueva convicción a la que había llegado la Iglesia primitiva: que no era necesario que los gentiles se sometieran primero a la Ley para abrazar la fe en Cristo. Por tanto, la predicación de los cristianos judaizantes provocaba confusión en las comunidades.

En este contexto, Pablo se ve obligado a explicar una vez más que la circuncisión física de los judíos tiene ahora una dimensión espiritual. Se trata de depositar la confianza en la Persona del Redentor y no en las obras realizadas por el ser humano. Esta es una doctrina esencial de la Iglesia, que debemos en gran medida a la perspicacia del apóstol Pablo: ¡la fe es un don! Es una virtud teologal y es Dios quien nos la concede y nos obtiene la salvación. Al abrazar la fe en Cristo, aceptamos el regalo y estamos llamados a cooperar. Por eso, nadie puede gloriarse en sus propias obras, sino en Dios, que es tan misericordioso con el hombre.

Pablo no solo lo sabe desde un punto de vista teológico, sino que lo ha experimentado en carne propia. No fue mérito suyo ni fruto de su erudición en las Escrituras haber reconocido a Jesús como el Señor. Antes bien, fue Jesús mismo quien se le reveló. Esto es lo que quiere recordarles cuando la comunidad se ve acosada por aquellos que depositan su confianza en sus propios méritos y privilegios. Pablo también gozaba de todos esos privilegios y de muchos más. Sin embargo, al haber conocido a Jesús iluminado por el Espíritu Santo, sabía que no podía confiar en las «obras de la carne». Lo tenía tan claro que lo consideraba todo como pérdida en comparación con lo que había recibido a través de Cristo.

Llegados a este punto, conviene que nos detengamos un momento para reflexionar sobre nuestra forma de vivir la fe en el tiempo actual.¿Seguimos siendo conscientes de que somos hijos de Dios y que de Él hemos recibido el don de la fe, del que vivimos y del que se deriva principalmente nuestra dignidad? ¿Podemos unirnos al Apóstol para afirmar con convicción que el conocimiento de Cristo Jesús lo supera todo o medimos nuestro valor como cristianos en función de nuestros rendimientos y de nuestro aporte a nivel social? ¿Sigue siendo lo más importante para nosotros el anuncio de la fe? ¿Miramos a aquellas personas que aún no conocen la santa fe con el gran deseo de que también ellas encuentren a Cristo o nos quedamos únicamente en practicar las obras de misericordia sin dar testimonio de que éstas proceden de Dios?

En otras palabras, ¿ha cambiado tanto nuestra comprensión de la fe que hoy en día ocupa el primer plano la lucha por un mundo mejor, ya sea a través del cuidado del medio ambiente, de diversos asuntos políticos o de cuestiones sociales? ¿Está pasando a un segundo plano la dimensión trascendental de la fe para dar paso a cuestiones inmanentes? ¿Estamos dejando solas a las personas con sus preguntas más profundas sobre la vida, la muerte y la eternidad?

Si así fuera, el Apóstol Pablo nos advertiría hoy con la misma severidad de que debemos cuidarnos de aquellos que quieren llevarnos por este camino equivocado. Para él, se trataría de los falsos maestros de la actualidad.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/un-elogio-a-elias-y-eliseo-2/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/padre-nuestro-2/

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