«Se requieren tus esfuerzos y tu atención para escuchar las inspiraciones del Espíritu» (Palabra interior).
Ayer reflexionamos sobre una frase de Santa Faustina que nos enseñaba que la locuacidad y las distracciones dificultan la escucha del Espíritu Santo. La frase de hoy puede servir de complemento.
El Espíritu Santo quiere hablarnos porque es nuestro maestro espiritual. Recordemos que los discípulos del Señor tuvieron que esperar su descenso en Jerusalén antes de comenzar su misión entre todos los pueblos (Lc 24,49). Por tanto, es Él quien nos hace capaces de ello.
¿Cómo actuamos y hablamos? ¿Nos dejamos guiar principalmente por nuestras propias ideas o por el Espíritu Santo? ¿O nos limitamos únicamente a la razón humana?
Solo gracias a su influjo nuestras obras adquieren carácter sobrenatural. Si eso es lo que aspiramos, debemos familiarizarnos con el Espíritu Santo. Una forma de hacerlo es pedirle su guía y su presencia. Además, debemos estar atentos para no hacer ni decir nada que pueda desagradarle. Nos daremos cuenta con mucha facilidad, pues el Espíritu Santo mismo nos lo hará notar y nos corregirá interiormente si se lo pedimos.
También deberíamos tomarnos tiempo para hablar con Él en silencio y cumplir fielmente con nuestras prácticas religiosas, especialmente con la lectura de la Sagrada Escritura.
También deberíamos aprender a esperar el tiempo que sea necesario hasta recibir una luz de Él, tal y como hicieron los discípulos en Jerusalén, a menos que haya circunstancias objetivas que nos exijan actuar con prontitud.
Asimismo, podemos rezar frecuentemente: «Ven, Espíritu Santo», y convertir esta jaculatoria en una oración del corazón.
Cuando nos haya concedido su luz, es importante que demos las gracias a nuestro maestro espiritual. En fin, hay muchas otras cosas que pueden ayudarnos a estar en una buena disposición para comprender mejor al Espíritu Santo y cooperar en su obra.
