«El martirio no consiste únicamente en morir por la fe. También consiste en servir a Dios con amor y pureza de corazón cada día de nuestra vida» (San Jerónimo).
Estas palabras de san Jerónimo nos exhortan a todos a padecer —o, mejor dicho, a consumar— día a día el martirio del amor. No solo brilla con gran esplendor el martirio de sangre, tan apreciado en la Iglesia desde siempre, sino también la vida oculta en Cristo, que denominamos el camino de la santidad. Irradia su luz incluso cuando nadie se entera, pues nuestro Padre celestial ve cada uno de nuestros esfuerzos, los apoya y los estimula con su gracia.
Es un camino que requiere perseverancia y ánimo constante, sobre todo cuando percibimos los límites de nuestra capacidad de amar. Es provechoso tomar conciencia de nuestra limitación, pero es un error quedarse estancado en la decepción.
Antes bien, la constatación de nuestra debilidad es una ayuda para la humildad, a fin de que seamos preservados de toda sobrevaloración de nosotros mismos, que es un enemigo peligroso de nuestra naturaleza humana.
En lugar de encerrarnos en nosotros mismos, debería inducirnos una y otra vez a acudir a Dios. Debemos reconocer con humildad que nuestra capacidad de amar es muy limitada. Pero esto debe ir acompañado de la súplica urgente al Señor para que amplíe y transforme nuestro corazón, de modo que el amor de Dios nos haga capaces de amar.
Esto es lo contrario a rendirse y tirar la toalla. Se trata, más bien, de ponerse en camino hacia Dios. ¿Acaso nuestro Padre celestial nos negaría la súplica de transformar nuestro corazón pequeño, estrecho y, a menudo, tan apegado a sí mismo? ¡De ningún modo! Él mismo nos asegura: «Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (Ez 36,26).
A través de este camino, se hace realidad: nuestro corazón se vuelve más puro y nuestro amor, más grande, para alegría de nuestro divino Padre.
