La virtud de la fortaleza (Parte III)

Habíamos reflexionado sobre la virtud de la fortaleza en contexto con las lecturas del libro de los Macabeos; aquellos hombres y mujeres valientes del Pueblo de Israel. También señalé que necesitamos esta virtud para nuestro testimonio cristiano en el mundo, que, en un caso extremo, puede llegar hasta el martirio. Podemos entrenarnos en la virtud de la fortaleza, y no debemos dejarnos desanimar en caso de que seamos temerosos por naturaleza. La historia de la novicia Blanca de la Force (narrada en la novela de Gertud von Le Fort: “La última del cadalso”) puede alentar a estas almas temerosas, mostrándoles que también ellas pueden ser capaces de actos heroicos.

En esta novela histórica, la autora describe el destino de las monjas carmelitas durante los disturbios de la Revolución Francesa. Debido a las amenazas a las que se enfrentaban las comunidades religiosas, daban el hábito a las novicias más prontamente de lo habitual. Después de que una comisión revolucionaria apareció en el convento, la maestra de novicias del convento de Compiègne, Marie de l’Incarnation, proyectó que se hiciera un acto de consagración, dando un voto de sacrificio heroico. La hermana Blanca, que era una novicia muy temerosa, no fue capaz de ello. Así, huyó del convento, fue de prisa donde su padre y tuvo que ser testigo de cómo él era asesinado por las turbas. Entretanto, las carmelitas de Compiègne –la comunidad a la que ella pertenecía– también habían sido detenidas y condenadas. Blanca ve con sus propios ojos cómo las hermanas son llevadas a la guillotina y cómo ellas van a la muerte cantando el “Veni Creator Spiritus”. Con cada ejecución de una de las monjas, el canto se va debilitando, hasta que, finalmente, se apaga por completo. Entonces, en medio de la muchedumbre agolpada en la “Plaza de la Revolución”, se alza una suave voz, que termina de cantar el “Veni Creator”: “Deo patri sit gloria et Filio, qui a mortuis surrexit, ac Paraclito in saeculorum saecula”. Sí, es Blanca de la Force quien canta estas palabras. Al instante, es asesinada por las furiosas mujeres del mercado.

Es una historia terrible, si se considera el odio del pueblo, incitado contra estas inocentes carmelitas. Pero en medio de este horror resplandece el testimonio de las hermanas y también el de Blanca. Se manifiesta aquí algo de la fuerza del Resucitado, que ha vencido a la muerte y al Hades (cf. Ap 1,18). ¡Cómo habrán sido recibidas en el cielo estas valientes mujeres! ¡Cuánto honraron a Dios y al género humano! Así, el espantoso acontecimiento se transfigura desde dentro, convirtiéndose en un acto de amor supremo, que permanece imborrable ante Dios y en la Iglesia.

Ciertamente no todos nosotros tendremos que padecer el martirio. Pero la virtud de la fortaleza también es necesaria en todo auténtico camino de seguimiento de Cristo. Me refiero a la firme decisión de nuestra voluntad de seguir al Señor en todo y de no anteponerle nada. En efecto, éste es el fruto normal de una conversión sincera (Véase: Conferencia sobre “La primera conversión y los pasos que siguen” en https://www.youtube.com/watch?v=FtC5sMC4Fgk&t=1403s).

A veces el camino en pos del Señor puede asustarnos, sobre todo cuando aún estamos al inicio. Aunque ciertamente la gracia de Dios nos sostiene y suele darnos ese celo inicial, el camino puede tornarse largo. Entonces, la virtud de la fortaleza nos ayudará a superar, con la ayuda de Dios, todas las etapas de este camino.

San Juan de la Cruz nos dice que, cuando uno se ha decidido a recorrer seriamente el camino de la santidad, el Diablo buscará mil maneras de infundirnos miedo, para impedir que avancemos y que llevemos a cabo nuestro propósito. En ese sentido, el Enemigo puede valerse de todo tipo de cosas, incluso de las historias de los santos, con cuyos padecimientos y tormentos quiere amedrentar al alma. De hecho, no pocas veces en estos relatos se descuida decir que, si Dios llama a una persona a un camino tal, Él mismo se encarga de darle todas las gracias y la fuerza que necesita para soportar los sufrimientos.

Entonces, se necesita una firme determinación, fortaleza y mucha perseverancia para seguir al Señor.

Mañana, para concluir esta serie de meditaciones sobre la fortaleza, describiré cómo esta virtud debe trabajar de la mano con el espíritu de fortaleza, para afrontar con la gracia de Dios todos los retos que nos presenta cada etapa de este camino.

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